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El mural versus el muro

Por Roberto A. Barrera Lobos


Tal como ha trascendido en los medios, la estudiante de Trabajo Social de la Universidad de Chile y militante de la Centro Derecha Universitaria (CDU), Polette Vega, fue nuevamente agredida al interior del campus Juan Gómez Millas. Entre mesas de trabajo, infructuosos sumarios, apoyo político transversal —por no decir oportunismo situacional—, explotación mediática y una descarnada pugna en redes sociales, la visión de un déjà vu ha capturado mi atención.


Se trata del mural de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH), en el que se aprecia un grupo de mujeres alegremente reunidas que sostienen el lienzo de la agrupación; enmarcadas en un escenario orgánico, paradisiaco, en el que se plasma el ideal de la coexistencia armónica con la naturaleza bajo el amparo del kultrún mapuche, evocando al mismo tiempo la excelsa "sororidad" que teóricamente impera en aquel incólume templo del saber.


Sin embargo, la realidad dista abismalmente de la utopía muralista, al igual que ocurrió tiempo atrás durante la Guerra Fría y la propaganda difundida por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas: ahí donde el mural mostraba a las personas felices, sin importar su género, su clase social ni sus rangos militares, tomados de las manos y ataviados de vestimentas multicolores, rodeados por la fértil naturaleza, al amparo de un cielo radiante, la realidad mostraba a personas grises, infelices, subyugadas por el poder tiránico de sus opresores; donde se presentaba abundancia, el hambre asolaba; donde se proyectaba libertad, el cautiverio predominaba; donde aparentemente se preservaba la vida, la muerte rondaba despiadada.


Finalmente, vio la luz un mural creado por el marxismo que verdaderamente reflejaba la naturaleza de aquella ideología: El Muro de Berlín, una estructura plomiza, deprimente; carente de estética, de buen gusto, de la quimérica abstracción romántica del comunismo —pero, sobre todo— símbolo de la libertad arrebatada a medio continente europeo por más de dieciséis años, quienes tardarían otros veintiocho años para reconquistarla.

Ese mismo muro es el que desplaza al mural de la FECH y que nace gracias a un funesto neomarxismo. Claro que, en lugar de materializarse en un muro de hormigón armado a lo largo del campus, se configura en la forma de un muro de intolerancia soterrada, cuyo carácter represivo condena a quienes osen pensar distinto con vejaciones, insultos y proscripción. Por cierto, los artífices de dicho castigo se encuentran blindados por un manto de fatua superioridad moral, uno más de los delirios heredados del infame Karl Marx.


Esto no es para nada nuevo, pero ahora nos toca reflexionar sobre un problema que se arrastra desde por menos el retorno a la democracia, y es el hecho de que la izquierda ha logrado infiltrarse al interior de las comunidades educativas con el falso pretexto de democratizar la educación, pero que a la postre sólo han contribuido a la fragmentación de las instituciones. Lo sé, pues al igual que muchos de ustedes, he podido evidenciarlo desde mi rol como estudiante de educación secundaria, universitaria y como apoderado. Si no me cree, basta con que se detenga a observar lo ocurrido en el mancillado Instituto Nacional.


La “casa de Bello”, así como sus rectores, docentes y estudiantes harían bien en replantearse el lema de la institución “Donde todas las verdades se tocan” y utilizar una consigna un poco más laxa: “Donde todas las verdades se tocan, si conviene”, además de consignarlo en aquel mural de promesas vacías que debió ser aplastado por los escombros del Muro de Berlín.


Polette Vega

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