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Transición, democracia y liberalismo

Por Rodrigo Norambuena, estudiante de pedagogía en historia y geografía


En las últimas décadas, se ha instalado la falsa idea de que el plebiscito celebrado a fines de la década del ‘90 fue un 'triunfo'' de la centroizquierda y de quienes —dicen— ''lucharon en contra de la dictadura'' o, más bien, de quienes buscaron acabar con el Gobierno Militar, el cual, sin lugar a dudas, salvó a millones de chilenos (especialmente a los más pobres) de una tiranía de carácter socialista responsable del asesinato a gran escala de al menos 150 millones de seres humanos en el mundo.


La vuelta a la democracia estuvo pensada desde el primer minuto de ocurrido el ''Golpe de Estado'' llamado así por los historiadores marxistas y detractores del general Pinochet—. De hecho, en la Constitución del '80 ya existía la idea del plebiscito como herramienta transitoria hacia la posterior institucionalidad democrática, que, en un comienzo, estipulaba más tiempo y donde, luego, se acortaron los plazos, realizándose finalmente el 5 de octubre del '88.


La idea de que la vuelta a la democracia fue una lucha y un ''logro'' de los políticos de la Concertación es falsa. Tanto es así que hasta el periodista Ascanio Cavallo, ex director de la revista Hoy y del diario La Época, coautor de ''La historia oculta del régimen militar'' (coescrito Manuel Salazar y Oscar Sepúlveda) y ''La historia oculta de la transición'', y además coautor de un último libro sobre el 5 de octubre de 1988 (plebiscito) publicado recientemente, lo reconoce.


No obstante lo anterior, se pondera a la ''democracia''por los nuevos sectores de la centroderecha ''liberal'' como una suerte de “valor supremo”, en circunstancias de que una amplísima tradición liberal nunca vio a la democracia como un fin, sino que como un medio. Tocqueville, en esta línea, llegó a decir: ''Tengo por las instituciones democráticas «un goüt de tete», pero soy aristocrático por instinto, es decir, desprecio y temo a la multitud. Amo apasionadamente la libertad, la legalidad y el respeto a los derechos, pero no la democracia. He aquí el fondo del alma... La libertad es mi mayor pasión''.


Otros, como lord Acton, refiriéndose a Tocqueville, dijeron: ''Tocqueville fue un liberal de pura cepa, un liberal y nada más, sumamente receloso de la democracia y de sus parientes: la igualdad, la centralización y el utilitarismo''.


La demagogia liberal chilena ha llegado a niveles tan esquizofrénicos que hasta se dicen ''defensores de las minorías sexuales'', del “feminismo” (liberal) y del ''movimiento LGBT'', desconociendo todo propósito y filosofía subyacente a esos famosos ''colectivos'' (colectivos basados en una filosofía deconstruccionista, o dicho en otras palabras, en una noción propia de la izquierda extrema).


Volviendo a la democracia, uno de los más prominentes pensadores de la derecha libertaria, Erik von Kuehnelt-Leddihn, refiriéndose a lo más granado del pensamiento europeo previo al siglo XX, esto es, la Escuela Antidemocrática Suiza, que lo influenciara tanto a él como a sus herederos Hans-Hermann Hoppe o William Buckley, señala:


"Bachofen pertenece, con Burckhardt, Bluntschli, Vinet, Gonzague de Reynold, y hasta cierto punto con Amiel y Denis de Rougemant, a la escuela antidemocrática suiza, en la que tal vez pudiéramos incluir también a Oscar Bauhofer. Esta escuela, que tiene sus raíces en uno de los más respetables pasados históricos de Europa, atribuye especial importancia a la persona, a los principios federalistas y a la continuidad orgánica de la tradición. En su ideología aparece a veces una semi consciente influencia del suizo Carl Ludwig van Haller. En oposición al de J. S. Mill, el pensamiento de Bachofen tiene una base religiosa. Más que la nivelación burguesa, temía las locuras de las masas ateas, que con un furor ciego e irracional aniquilarían toda libertad".


Otros, como sir Erskine, advirtieron: ''La distinción real entre democracia y libertad, que ha ocupado buena parte de las reflexiones del autor, no puede ser delineada con vigor excesivo. La esclavitud ha sido tan frecuentemente asociada a la democracia, que un escritor muy experto la declaraba hace tiempo esencial a todo Estado democrático; y los filó­sofos de la Confederación del Sur estimularon y favorecieron largamente esta teoría. Pues la esclavitud actúa como un derecho de sufragio restringido, da fuerza a la propiedad y pone obstáculos al socialismo, la dolencia que acompaña a las democracias maduras''.


En la misma línea, otros como William E. H. Lecky, son aún más lapidarios con la democracia: "La inclinación a la democracia no significa una inclinación al gobierno parlamentario o una tendencia hacia una libertad más amplia. Al contrario, pueden aducirse poderosos argumentos tomados de la historia y de la naturaleza de las cosas, los cuales prueban que la democracia puede a menudo resultar algo directamente opuesto a la libertad. En la antigua Roma, la vieja república aristocrática se transformó gradualmente en una democracia y ésta se convirtió rápidamente en despotismo imperial. En Francia se ha verificado más de una vez un cambio análogo. Un despotismo que reposa sobre un plebiscito, es una forma de democracia tan natural como la república. Además, algunas de las más fuertes tendencias democráticas son claramente contrarias a la libertad. La igualdad es el ídolo de la democracia, pero dadas las capacidades y energías del hombre, infinitamente diversas, sólo puede ser alcanzada por medio de una constante y enérgica represión de su natural desarrollo..."


Podríamos seguir citando a lo mejor de la tradición liberal y siempre la conclusión será la misma: la democracia no es un fin en sí, y no deberíamos entronizarla, sino limitarla, pues, como diría Hoppe: “¡Libertad antes que democracia!”. En conclusión, el retorno a la institucionalidad es un proyecto que parte con el Gobierno Militar y no con los políticos de la Concertación. Por otro lado, como hemos dicho, la democracia no es un fin, sino que un medio. Es muy lamentable que la historia se haya distorsionado tan groseramente por ''intelectuales'' progresistas que más que buscar la verdad (en la cual no creen), a lo único que se dedican es en cumplir los objetivos orientados a la ''revolución''. Y es que, como diría el dramaturgo alemán Hanns Johst en Schlageter (1933): "Cuando escucho la palabra intelectual, mi mano corre a la pistola".

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