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La pinochetización del debate público

Por Juan Cristóbal Demian


La fractura en la derecha chilena es evidente, las elecciones internas de la UDI enfrentaron no a dos, sino a cuatro bandos: Van Rysselberghe acaparaba a los “coroneles” ya alineados con Piñera y al conservadurismo más tradicional de la UDI, mientras Macaya lideraba a los liberales y, curiosamente, a muchos josé-antonio-kastistas que también son parte de la derecha dura, pero contraria al status quo.


A nivel macro, en Chile Vamos la tensión entre una Acción Republicana (AR) cada vez más presente y molesta para el piñerismo se contrasta con un Evópoli cuyo norte ideológico no tiene grandes distinciones con el pseudoliberalismo de centroizquierda que ha manifestado pavor por el crecimiento del movimiento de José Antonio Kast, mientras creen competir con el Frente Amplio por el target millenial, pero replicando sus mismas banderas.


En este contexto el fenómeno que se ha tomado el debate público en las últimas semanas, principalmente bajo el auspicio de diputados como Ignacio Urrutia y Camila Flores, es el posicionamiento del pinochetismo como factor político en la derecha nacional.



Los dos diputados mencionados tienen una afinidad enorme con José Antonio Kast, al punto que el diputado Urrutia ya renunció a la UDI para unirse a AR, mientras que Flores, junto a su correligionaria en RN, Aracely Leuquén - la diputada mapuche de derecha - y el mismo Urrutia, asistieron a la reunión de Kast con el diputado brasileño Eduardo Bolsonaro, hijo del presidente Jair, y que es además el diputado más votado en la historia de Brasil.


Todo lo anterior justo tras la participación de José Antonio Kast, el chicago boy Carlos Gómez y el profesor de Derecho UC, Fco. Javier Leturia en la Cumbre Conservadora de las Américas, convocada por los Bolsonaro en Brasil para gestar una estrategia de derecha contra el comunismo en el continente. Cabe destacar que Eduardo Bolsonaro selló su visita a Chile con una visita a otro referente del purismo de la derecha dura y libertaria criolla: José Piñera.


Durante su campaña, Kast “polemizó” defendiendo la obra del régimen militar en televisión; un año después, Urrutia, al renunciar a la UDI acusó a los “coroneles” de su ex partido – o a quien le caiga el poncho – de traicionar la imagen de Pinochet. Flores no hizo menos y logró ovación en su propio partido al declararse “pinochetista” públicamente ante la incomodidad de otros políticos consagrados de RN, posición que sostuvo y defendió férreamente contra Daniel Matamala en CNN, canal que se dio el lujo de revivir a un personaje obsoleto como Nicolás Copano para “refutar” a la diputada cuando ella ya no estaba para defenderse.


Pero ¿qué se esconde tras esta nueva alza pinochetista?, ¿por qué ahora?, ¿con qué argumentos? y sobre todo ¿por qué genera tanta controversia?


De partida definamos el pinochetismo, si nos vamos a la definición que dan los mismos que se declaran así, lo que encontramos es un concepto clave que lo resume todo: agradecimiento.


Cuesta hablar de “pinochetismo” cuando Augusto Pinochet no fue un teórico político, fue un ejecutor y por cierto un gobernante con luces y sombras.


Sobre las luces de Pinochet podemos decir que su labor el 11 de septiembre de 1973 en cuanto verdugo del régimen despótico de Salvador Allende fue efectivamente agradecido de forma inmediata por un amplio sector de la población y los políticos, puesto que la UP nos dejaba con una economía en el suelo a punto de ser monopolizada, infiltración cubana y soviética a destajo y el temor social ante el salvajismo de grupos revolucionarios psicóticos y mafiosos como el MIR y los cordones industriales. Por cierto el rol de Pinochet en todo esto fue el de un militar y un constitucionalista, no un revolucionario.


Si de teoría política hablamos tenemos el gremialismo que decantó en la Constitución de 1980, obra de Jaime Guzmán, a quien Pinochet le dio su confianza, y si de revolución hablamos tenemos la revolución liberal que fue obra del mencionado José Piñera y de Chicago Boys como Sergio de Castro, Ernesto Fontaine, Rolf Lüders y Miguel Kast, a quienes, nuevamente, Pinochet les cumplió con lo esencial: la confianza.


Pinochet fue sin duda visionario al rodearse de estas personas, supo que sus ideas eran buenas y por ende, si de agradecimiento a su legado se trata, es un agradecimiento a una obra compleja que va más allá de Pinochet por sí solo.


Por eso no es correcto decir para estos casos “pinochetismo”, lo que sería un mero culto a la persona, cuando lo que hay es una animosidad particular de agradecimiento por un proceso mucho mayor, un proceso liderado por muchas personas a las cuales Pinochet brindó su confianza.


Además, ningún “pinochetista” ha declarado nunca, al menos en la esfera pública, que apoye la tortura o la muerte de seres humanos bajo el régimen militar. Si se tratara de una adoración fanática a todo lo que hizo Pinochet tendríamos declaraciones a favor de la tortura, y eso, aunque le duela a la diputada Carmen Hertz, no ha pasado.


Si hablar de “pinochetismo” es polémico, es por dos motivos, primero porque para la izquierda y los liberales blandos es una etiqueta moral y no ideológica y segundo porque la derecha utiliza el concepto en un afán más polemista, pero no por eso oportunista.


La izquierda está acostumbrada a pensar que su falaz papel de víctima está asumido por la historia, y que pueden echar mano al argumento del “pinochetismo” como sinónimo de fascismo de por vida y que siempre tendrán el mismo efecto de callar moralmente a sus enemigos, pero al parecer algo está cambiando, se dan cuenta que esa carta va perdiendo validez y de ahí nace el reciente delirio de penalizar el “pinochetismo” con cárcel, gracias a la gentileza de la diputada Hertz, una ex mirista adoradora de las AK-47 y a favor de eliminar seres humanos en nombre de la revolución, según los inocentes sueños de su juventud, por cierto.


Los millenial de derecha, de los cuales Camila Flores es una, no sólo reivindican la parte luminosa del legado de Pinochet, lo que es prácticamente obvio, sino que necesitan apelar al “pinochetismo” en función de anular el estigma moral que la izquierda le da al concepto.


Mientras más escozor genere, mientras más “Matamalas” queden atónitos, mientras más “Hertzs” se revuelquen en su histeria, mientras más “evópolis” pretendan que el riesgo para la libertad viene desde la derecha - mientras sus diferencias con el Frente Amplio sólo se remiten a Venezuela – mientras más pasen esas cosas, más el epíteto de “pinochetista” adquirirá un valor que no tiene que ver con Pinochet.


Declararse “pinochetista” hoy es una demostración de fuerza, un acto de resistencia ante la corrección política que no es algo abstracto, sino concreto, explícito en la prensa, la institucionalidad capturada y las leyes que anulan el juicio libre.


El “pinochetista” hoy no es el que le rinde culto a un personaje del pasado cuyo legado es evidente y cuya gobernanza ni siquiera alcanzamos a vivir muchos de nosotros, hoy el “pinochetista” es aquel que nota que en La Araucanía el desastre con Carabineros se transforma en una cortina de humo tras la cual están las verdaderas causas del terrorismo del que nadie se hace cargo, hoy el “pinochetista” es aquel que quiere educar a sus hijos conforme a sus valores y sin la presión estatal y sistemática que disputa la forma en la que los niños tienen que entender el “género”, hoy el “pinochetista” es todo aquel que quiere vivir sin el riesgo de ser “funado” por el feminismo militante que intenta demoler vidas por fuera del Estado de Derecho, hoy el “pinochetista” es todo aquel que quiere y puede argumentar que la izquierda, ya sea en la economía y/o la cultura, destruye la unidad nacional, denigra al ser humano y nos hunde en la miseria, y que quiere decirlo libre de que una turba de “antifascistas” le agreda en plena calle.


No se quiera leer en estas líneas una recomendación o una validación de este "revival pinochetista", el pinochetismo no es una categoría politológica real, ni siquiera podríamos aventurarnos a saber si a largo plazo será una buena o una mala estrategia, sin embargo es nuestro deber constatar de dónde viene este fenómeno y a qué obedece.


El agotamiento de las generaciones más adultas respecto de esta nueva y velada dictadura del pensamiento se suma al espíritu irreverente de jóvenes que ven en la imagen de Pinochet una figura más bien mítica que representa el quiebre total con el progresismo imperante, así nace este nuevo “pinochetismo”, como un manifiesto político y social, no como una doctrina teórica y tampoco como un culto literal al Pinochet humano, con sus luces y sus sombras.

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