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La estupidez de comparar a Pamela Jiles con Donald Trump


Por Juan Cristóbal Demian


Algunas de las características de las elites tecno-políticas que son incapaces de detener una insurrección en su contra, incluso al nivel de acelerarla, son la ignorancia, la flojera de estudiar y la necesidad de vitrina para compensar su pérdida de poder, lo cual culmina en el poco noble arte del hablar por hablar con el fin de propagar consignas irrelevantes en ciertas páginas de opinología política de los medios tradicionales, también en abierta decadencia.


La última tendencia de estos mercaderes de lo absurdo es la idea de que la diputada del Partido Humanista Pamela Jiles, sería la versión chilena del presidente de los Estados Unidos, Donald J. Trump. Entre quienes han enunciado esta comparación se encuentran, según consigna El Dínamo, “analistas como Kenneth Bunker, Sergio Urzúa (Clapes-UC) y Guillermo Pérez (IES)”, también se suman el economista Bernardo Fontaine (quien incluyó al alcalde del Partido Comunista Daniel Jadue en la ecuación) y recientemente el “analista” político estadounidense David Rieff, quien reconoció de paso no saber mucho sobre la política interna de Chile.


Si queremos estar por un segundo en los zapatos de estos “analistas” para descubrir el fundamento de la comparación, el resultado es bastante evidente: se acusa a ambos personajes como “populistas” y se apela a su discurso mediático crudo para movilizar la atención de la opinión pública como la forma en la cual ejercen este “populismo”. El análisis para algunos cobra sentido por la proyección presidencial de Jiles que podría avanzar tal como lo hizo Trump en 2016 con un lenguaje potente y crudo que descolocaba la corrección política. Para Rieff, más snob, se trata de la forma de hacer política correspondiente a la época.


Aparte de lo evidente, el ser mediático y conocer el pueril arte de hipnotizar a los medios de comunicación, la verdad es que en tanto análisis político serio esta visión es completamente absurda y miope, rayando en la estupidez.


Para este grupo de “analistas” forjados al alero de un mundo tecnocrático en el cual las ideologías murieron, evidentemente no hay capacidad ni voluntad interna de escarbar en el fondo de las fuerzas discursivas y de conmoción social que se vinculan a ambos fenómenos, antagonistas no solo por lo evidente (representar supuestamente “extremos” opuestos), sino porque su propia estrategia mediática obedece a preceptos completamente diferentes en su efecto cultural y de evolución sociopolítica.


El presidente Trump ostenta un lenguaje y estilo que han sido tan incandescentes que, le han generado tanto votos como aversión, al punto de que sus múltiples logros para Estados Unidos han quedado eclipsados y hasta aprendices de opinología liberal-centrista como Fernando Claro (FPP) prefieren optar por el aplauso barato a la hora de tratarlo como “loco descriteriado” y compararlo con el abogado socialista Fernando Atria, cumpliendo el fetiche masturbatorio de compararlo con alguien de izquierda para “condenar los extremos de ambos lados” y quedar bien con todos (o sea, con nadie).


Sin embargo, Trump apeló, como indica lo obvio, a recursos atractivos en cuanto a dominio mediático para sobresalir respecto de sus rivales y llevar un mensaje a sectores fosilizados para la decadente política estadounidense, que se debatía en el desastroso neoconservadurismo de la herencia Bush y el progresismo radicalizado de los clanes Clinton-Obama. Sus armas fueron la incorrección política basada en elementos nada alejados de aspectos de la idiosincrasia local y propios incluso de una amplia gama de características de la naturaleza humana, desde la soberbia a la euforia, características que no son del todo acordes a la etiqueta esperable en el mundo somnífero de las instituciones de Occidente.


Políticamente, bajo el personaje se acomodaba el sustrato de golpe de timón de revancha del republicanismo de antaño, apegado no solo a la clase obrera blanca empobrecida de los interiores que quería hacer a Estados Unidos grande otra vez, sino también a una cosmovisión de respeto a la Constitución, re-industrialización, resguardo de fronteras y aislacionismo geopolítico de orden “paleo” que son requeridos para frenar el paro laboral, ordenar los déficits económicos y re-orientar el proyecto histórico de la nación.


Para ello la actitud dura de Trump era absolutamente requerida, pues es la única forma de llevar a cabo un salvataje de este calibre si toda la elite política tradicional y la burocracia están no solo acostumbradas, sino que sacando réditos de la entropía y colapso civilizacional de Occidente en general y Estados Unidos en particular. El mensaje era claro, había algo por hacer, ese algo por hacer tiene un carácter de extrema urgencia y por ello no hay tiempo de ser agradable con quienes solo van a generar trampas institucionales para frenar la consecución de ese objetivo.


Pamela Jiles incursionó desde el comienzo en la televisión con una misión política, lograr el triunfo de la izquierda radical (debo omitir la palabra comunismo para que no vengan los “analistas” a recomendarme ir a un psiquiatra, no vaya a ser que recuerden que la ideología no murió con la caída de la URSS), ella misma aseveró: “Me he especializado en entender que la televisión es el principal espacio de disputa ideológica, y no he despreciado ningún rol, ni siquiera el más desprestigiado. Me he vuelto una experta en hacer lo que un periodista infiltrado debe hacer, que es transformar eso en un pequeño poder que sí incida. Cada vez que entro a un estudio de televisión estoy entrando en territorio enemigo”.


La discursividad de Jiles, fuera de lo referente al famoso 10%, que es lo único que aproblema a los “analistas” por ser un tema económico, no se basa en una apelación a algún arquetipo idiosincrático, tampoco se basa 100% en decir cosas que caerán bien a cualquier ciudadano ni tampoco cosas que sean mera incorrección política para satisfacer a los desencantados (por lo general “fachos pobres”, enemigos para ella).


Su lenguaje y estilo se basa en la transgresión de los modelos discursivos del situacionismo y la deconstrucción, es decir, irrumpir mediante lo que está fuera de lugar para generar fracturas en el sistema que sirven para irlo desmontando de forma sucesiva, por ello también centra su lenguaje en sus supuestos “nietitos” que corresponden a menores de 25 años, usualmente ausentes de la política, para agenciarlos y llevarlos a participar de la demolición de la institucionalidad completa de la República, asumiendo el viejo principio de que la generación joven debe aniquilar a la más vieja para crear un mundo nuevo.


Este mundo nuevo no guarda ninguna relación con el que debe ser deconstruido y por ello la violencia, la burla y el absurdo son el lenguaje con el cual Jiles incentiva este trabajo de encauzamiento generacional hacia el cuestionamiento y posterior abolición de todos los principios que los “analistas” de centro creen que son inmunes a la realidad.


Sería un buen ejercicio ver cuáles serían tanto las capacidades de expresarse como las proyecciones reales de progreso (su palabra preferida) para estos “analistas” si estuvieran situados en un gobierno de “extremísima ultra hiper derecha” como el de Trump o en uno “populista” como el que implementarían Jiles y sus correligionarios. Dada su falta de visión, quizás seguirían sosteniendo su autocomplaciente absurdo, después de todo la política en Twitter es menos peligrosa y más amigable a sus fantasías.

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