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Feminismo “8M” en Chile: siete tópicos de análisis (2ª parte)

Updated: Apr 1, 2019

Por Juan Cristóbal Demian


Para leer la primera parte de este artículo haz clic AQUÍ.


4) Aborto y “derechos reproductivos”: Al igual que en las dos temáticas anteriores, el discurso abortista se basa a veces en hechos concretos, casos de la vida misma de extrema gravedad y complejidad; sin embargo los razonamientos principales que han convertido al aborto en una lucha política, por la lógica interna del fenómeno, sólo pueden entenderse desde un trabajo ideológico.


De partida podemos observar que esta causa era uno de los eslóganes principales de la huelga feminista, una amplia gama de mujeres adhirieron a esta causa e hicieron de los famosos ‘pañuelos verdes’ el signo visible que las aunaba, muchas de ellas internalizando las categorías del discurso abortista prefabricado.


En los sectores de extrema izquierda que organizaron la marcha la causa del aborto es fundamental, ya que las categorías implícitas de cambio social que trae consigo son vitales para su agenda y en base a un trabajo psicosocial de larga data han logrado que muchas mujeres que no se ven a sí mismas como radicales simpaticen con la idea de este supuesto ‘aborto seguro, libre y gratuito’.


Ciertamente este tema daría para escribir un libro, pero repasemos brevemente algunos aspectos que deben quedar registrados.


De partida, se superó el debate de las famosas tres causales, es decir, por causa de tres causas complejas - inviabilidad fetal, violación o riesgo de vida de la madre – para exigir aborto libre, es decir, sin ningún motivo de gravedad requerido más que la voluntad de la mujer.


En segundo lugar, se omite también el debate sobre las semanas de gestación máximas para llevar a cabo el aborto, ya que se subentiende que un aborto libre tal como se concibe no debería tener como limitante este factor, puesto que es la voluntad de la mujer la que importa, siendo irrelevante cualquier otra cosa.


También se incluye el factor de que el aborto sea gratuito, lo cual se suma a demandas de gratuidad en varios otros aspectos de la vida, gratuidad conferida por cierto a financiamiento estatal, lo cual podemos ver de dos formas: o es un apéndice fundamental para un sistema de salud completo que debería estar centralmente planificado, o bien el aborto visto como un ‘servicio’ de mayor relevancia que otros servicios de salud. En el primer escenario se trataría de una agenda socialista clásica – con toda la evidencia empírica en contra de estos sistemas -, y en el segundo caso una disociación completa del juicio de realidad debido a un trasfondo ideológico más complejo.


Vamos desde lo básico, la perspectiva Marxista clásica se basa en el materialismo filosófico, tal doctrina apela tanto a la intrascendencia humana como a la visión del cuerpo femenino como una fábrica de ‘capital humano’, la cual es explotada por el patriarcado para seguir gestando dicho capital, por ende las mujeres al asumir su rol revolucionario deben estar en condiciones de ‘tomarse’ esta fábrica y ‘cerrar su producción’.


La irrelevancia de la vida humana per sé en tanto esencia y trascendencia es pilar fundamental de esta cosmovisión; y con la evolución de la izquierda a los parámetros del posmodernismo, donde la realidad no es más que un fluir ininteligible donde cualquier estructura o creencia es opresiva, este factor ha alcanzado matices mucho más complejos.


Para ejemplificarlo, la vida humana para quienes asumen la posmodernidad no es más que un mero sinsentido, cuyo sufrimiento debe al menos ser compensado mediante la liberación de las responsabilidades y las creencias que sostienen la civilización occidental.


Esta forma nihilista y frecuentemente hedonista de ver la vida le resta toda importancia a la existencia, de ahí que el nacer sea irrelevante y hasta mejor impedirlo. El nacimiento en la sociedad occidental está asociado a la individualidad, la voluntad y la capacidad de crear riqueza y propiedad, pilares del capitalismo.


La evolución dialéctica y militante del movimiento abortista lo confirma, frases como “Aborta Todo” que pueden ser vistas en algunos rayados confirman que hay algo profundamente ideológico en esta consigna, y la des-humanización del fenómeno es uno de sus pilares.


Si no hay humano relevante entonces es fácil socializar la idea del ‘aborto libre’ entendiendo a la mujer como la víctima de un sistema a la que se le debe eximir de la responsabilidad de sus actos para que su vida ‘fluya’.


Una de las peticiones más llamativas del petitorio de la Coordinadora Feminista 8M para la pasada movilización rezaba que buscaban la “despenalización social” del aborto, lo cual indica una escalada categorial en la agenda abortista, es decir la no-crítica a la práctica del aborto per sé, anulando de hecho la connotación negativa del mismo, con esto no sólo quedaría en el pasado el famoso argumento de ‘no me gusta el aborto, pero lo apoyo’, ya que se eliminarían sistemáticamente los motivos para verlo como algo malo.


En virtud de este último aspecto, los grupos y activistas pro-vida o cualquiera que considere bajo su juicio personal de realidad que el aborto es una aberración o algo negativo, sea por su trasfondo o meramente por sus consecuencias quedarían clasificados como ‘promovedores del odio’, los cuales deben ser castigados por el poder coercitivo de las masas.


Finalmente, bajo la misma línea discursiva encontramos los “derechos reproductivos”, categorías que son validadas incluso por la ONU, organismo internacional de carácter progresista que inocula a sus Estados miembro burocracia y regulaciones de factura propia hechas por verdaderos sindicatos de burócratas internacionales que no rinden cuentas a la población de los países que sufren las consecuencias de sus decisiones y que además pagan vía impuestos el funcionamiento de este mutante supranacional.


Los ‘derechos reproductivos’ son una noción colectivista por la cual el Estado debe encargarse de asegurar a cada mujer su planificación sexual, esto incluye acceso a anticonceptivos, métodos abortivos y otros servicios vinculados con la maternidad, pero sobre todo con la no-maternidad.


La planificación cuasi-centralizada de la vida sexual, acompañada de fuerte discurso y predisposición antinatalista y materialista-colectivista del ser humano son parte de un tronco más grande de la ingeniería social: la eugenesia, práctica que tiende a regular la vida de los grupos humanos de acuerdo a conveniencias políticas y paradigmas ideológicos determinados; a saber, a nivel macro y siguiendo la línea del pesimismo cultural predominante, la reducción de población occidental y el fomento de reemplazo de población por pueblos no occidentales.


Para analizar la creación de esta neolengua y cómo se cuela hasta la “despenalización” y legitimación cultural es recomendable conocer las obras de Juan Carlos Monedero, “Lenguaje, Ideología y Poder: La palabra como arma de persuasión ideológica: cultura y legislación” y “La guerra invisible: acción psicológica y revolución cultural” de Lucas Carena y Pablo Dávoli.


Finalmente, el paradigma fácilmente observable en la discursividad de la izquierda contemporánea nos lleva al siguiente punto ysu consecuente gran meta: la deconstrucción del hombre ‘blanco’ capitalista y heterosexual.


5) Deconstrucción de la masculinidad e imposición ‘queer’: La profunda transformación de la percepción ideológica, psicológica y cultural del hombre tiene un rol fundamental en el actual movimiento feminista.


El patriarcado, esa figura mítica que se erige como la causa de los problemas de las mujeres y de los ‘cuerpos feminizados’, se expresa también culturalmente en el machismo, actitud general de dominación y opresión explícita, ya sea física o psicológica de los hombres heterosexuales por sobre la mujer.


Este machismo puede expresarse en la forma de pequeñeces derivadas de la mera mala educación durante la cotidianeidad (lo que la prensa progresista ha llamado ‘micromachismos’, lo cual no es más que una estrategia de fomentar un discurso divisorio de lucha y odio cultural en las relaciones básicas de las personas) o en actos brutales como los que mencionamos en el punto 1 (en la primera parte de este artículo), es decir violencia física, violaciones, tortura u homicidios.


De esta discursividad deriva a su vez el mito ideológico de que un violador es ‘un hijo sano del patriarcado’ y que vivimos en una ‘cultura de la violación’, por la cual todo hombre heterosexual es un violador en potencia y gracias a esos incentivos es posible deducir a priori que de haber una denuncia por agresión sexual la culpabilidad del acusado es segura.


Ya que para esta línea de pensamiento, hoy predominante, la sexualidad es un constructo social, la masculinidad como se ha entendido históricamente es ‘tóxica’ y para ello se ofrece una solución: una receta de alta complejidad pero últimamente trivializada: la deconstrucción.


La deconstrucción es más que un proceso de autoanálisis para ‘desaprender’ conductas como por ejemplo el machismo, sino que se trata de un cánon filosófico completo, desarrollado por pensadores de extrema izquierda (Jacques Derrida, Michel Foucault, entre otros) desde mediados del Siglo XX.


Como tal temática excede lo que se pueda decir en estas líneas, resumiremos considerando que es la extensión de un pensamiento según el cual el ser humano no es más que una parte insignificante de un flujo sin sentido, por ende la renuncia a toda comprensión tradicional de la sexualidad es más que recomendable, es una exigencia para disolver las estructuras opresivas y ‘liberarse’ mediante la transgresión de ella.


Por ende, el feminismo promueve el separatismo del hombre y el lesbianismo – en distintos grados – como forma de rebelión al patriarcado, con el fin de detectar, denunciar, apartar y presionar a todos los individuos varones que sigan siendo ‘machistas’, es decir heterosexuales tradicionales.


Lo que promueven es un hombre ‘deconstruido’, que rechace sus impulsos de preferencia sexual (y reproductiva) hacia las mujeres, lo que ha derivado en una generación de hombres que sean dóciles y que no tengan opinión más que como espectadores de los procesos de la revolución (la cual debe ‘ser feminista o no será), dando pie a una verdadera caza de brujas dentro de los movimientos de izquierda de los liderazgos masculinos, para ceder así las posiciones de poder a las mujeres, incluyendo las ‘mujeres trans’.


Este último es el engranaje que conecta el feminismo con el activismo homosexual, también llamado LGBTI, pero que hoy ha decantado en el protagonismo de dos figuras que llevan la vanguardia en la deconstrucción de la sexualidad: el "trans" y el "queer".


Cada ‘tránsito’ de hombre a mujer de algún varón que ‘mediante’ su declaración de ‘trans’ pasaría a ser mujer es visto por este feminismo deconstructivista como una victoria contra el patriarcado, puesto que implica la deconstrucción de un hombre y su transformación en un cuerpo feminizado, el cual es por cierto aún más valioso que el mero homosexual, pues el hombre homosexual no ha deconstruido del todo su ‘ser hombre’, en cambio el ‘trans’ ofrece algo extra, cada trans es la destrucción radical de un hombre, una victoria sobre el ‘machito’.


En este mismo sentido, el ‘queer’ es una figura aún más relevante y vanguardista, puesto que se trata de seres humanos que definitivamente empiezan a rechazar TODO BINARIO SEXUAL, para el ‘queer’ no existe masculino ni femenino, ambos pueden ser diluidos en el mismo cuerpo, siendo un queer una figura aún más ambigua y radical que el ‘trans’.


El ‘queer’ ha venido a dejar la categoría LGBTI en la edad de piedra, para quien quiera entender más de este fenómeno, autoras de esta tendencia como Beatriz Preciado, Virginie Despentes o Leonor Silvestri serán de vital importancia.


Por su parte, es clave entender la deriva lésbica del concepto de ‘sororidad’, cuya idea es la de crear espacios seguros de amor ‘entre’ mujeres, donde el hombre no puede entrar, puesto que su mera existencia presupone peligro para la mujer, y sólo ‘entre’ mujeres podrán estar completamente seguras, incluso en el aspecto sexual.


Los hombres que aun siendo heterosexuales han asumido la revolución feminista y adscriben a su militancia son llamados ‘aliados feministas’, sin embargo, su figura ha sido fuertemente atacada y criticada dentro del feminismo, puesto que el deseo heterosexual en ellos basta para calificarlos como ‘poco deconstruidos’, esto nos lleva a considerar aspectos crudos de la militancia feminista, lo cual veremos en la siguiente parte de este artículo.


Para leer la tercera parte de este artículo, hacer clic AQUÍ.

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