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Es momento de revisar los principios

Carta de Michel Monserrat Cardoso al Gobierno de Chile y los políticos en general

"Hace unos 240 años Adam Smith publicó “La riqueza de las naciones”, convirtiéndose para la mayoría de los académicos en el padre de la economía moderna. Entre muchas frases célebres y acertadísimas, Smith demuestra una claridad que, aunque pareciera bastante obvia, a veces da la sensación de que en nuestra sociedad se ha distorsionado completamente. Smith señala que “Lo que es prudencia en el gobierno de una familia particular, raras veces deja de serlo en la conducta de un gran reino…” Esta afirmación parece lógica, al fin y al cabo, la economía de una un gobierno es una representación a gran escala de la economía domestica de una familia en particular. Las dos se sustentan a través de los ingresos, los gastos y las deudas. En una familia, cuando la situación económica no resulta ser de las más afortunadas, entonces a lo que recurren es a disminuir el gasto, controlar el consumo y evitar contraer deudas.


A pesar de que la frase de Smith nos parece lógica, y las conclusiones también, ¿qué ha anunciado el gobierno durante estos días? Que aumentará el gasto público en un 3% para el año 2020. El presidente asegura, y en esto estamos de acuerdo, que atravesamos tiempos económicamente difíciles. Este aumento en el gasto ya ha sido criticado por ser considerado “austero”, y desde la oposición argumentan que no es suficiente para reactivar la economía. Es en este momento en que el sentido de la presente se ajusta a su título. Estimado señor presidente, derecha en particular, y políticos en general ¿acaso hemos olvidado los fundamentos del capitalismo? ¿el capitalismo se basa en el gasto o en el ahorro? Pareciera que sufrimos de severos desconocimientos de los fundamentos económicos o simplemente los hemos desechado.


Considerando que quienes gobiernan alguna vez pertenecieron al mundo privado, resulta sorprendente cómo traicionan los principios en los cuales fueron formados. El capitalismo se basa en el ahorro, no en el consumo. Los individuos renuncian al consumo presente para un mayor consumo futuro y para eso deben ahorrar. A través del ahorro y la inversión maximizamos la producción futura para un aumento en el nivel de consumo venidero. No podemos primero gastar sin un ahorro previo. Siguiendo los consejos de Smith, no podemos aumentar nuestro gasto si la economía no anda bien.


Ahora bien, argumentos que defienden el gasto público para generar una “reactivación de la economía” se sustentan en una de las falacias más difundidas en nuestro tiempo. Este sofisma fue resuelto hace ya mucho, sin embargo, de alguna manera el Estado debe venderse a los ciudadanos como la entidad suprema capaz de solucionarle los problemas a todos, solo basta con gastar unos cuantos millones para que la economía avance. Sí la fórmula fuese esa, Argentina sería sin duda potencia mundial.


Hace unos doscientos años, un fisiócrata llamado Frederic Bastiat escribió un artículo titulado “el cristal roto”. Relataba un caso supuesto en que un hijo rompe el vidrio de la ventana de su vecino; los testigos, con el fin de consolar al padre indignado, argumentan que: “la desdicha sirve para algo. Tales accidentes hacen funcionar la industria. Todo el mundo tiene que vivir. ¿Qué sería de los cristaleros, si nunca se rompieran cristales?” Parece razonable. Entonces si en la destrucción esta el progreso, si el progreso está en el gasto, ¡que bien nos hizo a los chilenos el terremoto del 2010! El problema es que cuando te rompen una ventana y tienes que pagar por un vidrio nuevo, entonces eso supone que has dejado de utilizar ese dinero previamente ahorrado, para algo en el que realmente tenías interés. A este fenómeno se le conoce como “costo de oportunidad”, que se traduce en aquello a lo que renuncio, consciente o no, cuando decido hacer una cosa. En este caso, si el padre enfurecido estimaba necesario comprar un par de zapatos nuevos, el fabricante de zapatos ha visto reducidos sus ingresos, por cuanto el dinero que destinaba en su adquisición ahora resultó en un vidrio nuevo. Así, entonces, el zapatero dejará de disponer de este ingreso para distribuirlo en aquellos comercios en los cuales él se abastece, y, asimismo, estos comercios dejarán de disponer de esos ingresos para distribuirlos en aquellos en que estos se abastecen.


Bien podríamos argumentar que el hecho de evitar un vidrio roto, resulta en el mismo perjuicio para el vidriero. Sin embargo, los gastos de un individuo son eficientes en la medida en que satisfacen sus necesidades. El problema resultante en este caso es que aquel que desembolsará de sus ahorros para la reparación, no obtendrá ningún beneficio por su esfuerzo, y, por lo tanto, aquel gasto solo le perjudicará en su economía personal. Estará incurriendo en un gasto ineficiente de recursos, es decir, des-ahorrando sin ningún beneficio. Del mismo modo, la sociedad dejará de tener en su haber un par de zapatos nuevos y solo repondrá un vidrio. No se registrará crecimiento alguno en la riqueza del vecindario.


Ahora, qué relación tiene “los vidrios rotos” con el anuncio del gobierno, pues mucho. Si analizamos la economía en general, teniendo en cuenta siempre el “costo de oportunidad” se nos revelan muchos errores. Cuando el gobierno anuncia un aumento en el gasto, entonces lo que en realidad está diciendo es que usted tendrá menos dinero disponible para usarlo en lo que a usted le interesa. Y es que sabemos que el Estado no genera riqueza, sino que es un mero recaudador. El dinero lo obtiene de las personas que comercian. El presidente, por ende, anunció que ha endeudado en un 3% más a la población para el año 2020. El problema reside en que el Gobierno estima de manera unilateral en qué debe y no debe gastar ese dinero. Como hemos dicho, sea cual sea el esfuerzo económico en el que incurre cualquier actor, lo realiza bajo una esperanza de beneficio; cuando el resultado no es el esperado entonces su inversión se transforma en pérdidas. US$ 2.133 millones es la cifra aproximada en la que el Estado aumentará su gasto arbitrario, son mas de 2.000 millones de dólares que dejarán de ser distribuidos en el mercado y en la población. Las empresas dejarán de disponer de dos mil millones para la ampliación en el perfeccionamiento de los procesos productivos, serán dos mil millones menos para aumentar la calidad de la oferta. Por su parte, la población tendrá dos mil millones menos para gastarlo en aquellos bienes y servicios que satisfacen directamente sus necesidades. El vendedor de autos tendrá una menor chance para vender un vehículo y, en consecuencia, sus ingresos se verán disminuidos a un potencial inferior, no pudiendo así gastar estos ingresos extras en otros sectores productivos. Así, si nuestro vendedor de autos ya no irá a comprar un par de zapatos extras, y el vendedor comisionista de zapatos dejará de percibir esa comisión. Ciertamente el dinero utilizado por el gobierno impactará en la creación de empleo de un conjunto de personas, pero este número de beneficiados será infinitamente menor al número de perjudicados que ahora se han visto impedidos en utilizar ese dinero para sus propios fines y propósitos.


Este tipo de argumento lo podemos extrapolar a prácticamente todo lo que tenga que ver con el Estado. Cada vez que el Estado gasta dinero en materias que los burócratas creen necesarias, millones de personas dejan de beneficiarse de una parte del fruto de su esfuerzo y, consecuentemente, aquellos recursos que el gobierno ha utilizado no le han rendido beneficio alguno a la mayoría de sus contribuyentes, sino a un numero minoritario. ¿Acaso le gustaría a usted gastar diez mil pesos para un asunto en el cual no se verá beneficiado? Claro que no, eso sería simplemente un acto de solidaridad, en el caso de que su aporte sea voluntario. ¿Ha sido voluntario el aumento en el esfuerzo que el gobierno ha anunciado a sus ciudadanos? Claro que no. Volvamos a los principios. Si la economía no atraviesa buenos momentos, extraer dinero de otras personas y asignarlo donde yo creo que será mejor no es una solución acertada, ni menos va acompañada de un aumento en la actividad económica. Volviendo a Smith, él recuerda a los políticos que:

“El gobernante que intentase dirigir a los particulares respecto de la forma de emplear mejor sus respectivos capitales, tomaría a su cargo una empresa imposible, y se arrogaría una autoridad que no puede confiarse prudentemente a una sola persona, ni a un senado o consejo, y nunca sería más peligroso ese empeño que en manos de una persona lo suficientemente presuntuosa e insensata como para considerarse capaz de realizar tal cometido”.


Quien mejor sabe qué hacer con su dinero no es un político, sino aquel que lo ha producido. Si nuestros honorables no saben cuánto cuesta el transporte público, ¿cómo podrán determinar en qué gastar eficientemente el dinero de otros?


El Estado y los burócratas no pueden conocer todas las necesidades de las personas, eso es imposible, puesto que las necesidades por definición son infinitas e incluso aún por descubrir. La sustracción de dinero debe ser lo más acotada posible, con el fin de no perjudicar los fines de los actores individuales. Si el argumento es que estamos en tiempos difíciles, entonces lo que más necesita la población es que su dinero esté en sus bolsillos, no en el bolsillo de políticos.


Siguiendo esta línea, si el gobierno asegura que la actividad económica no atraviesa por un buen momento, entonces el paso a seguir es muy simple: hacerse a un lado y evitar el estorbo. Sabemos que mucho tiene que ver la actual Guerra Comercial, pero no olvidemos cuestiones puramente internas. La economía nacional, como cualquier otra, se basa en la ley de oferta y demanda. El mercado laboral no está exenta a esta ley fundamental. Antes de la enorme crisis vivida en Venezuela (precisamente por el exceso de presencia estatal en la sociedad que profesa el socialismo) la situación del empleo en nuestro país se encontraba estable, es decir, la oferta y la demanda de empleo se encontraban en una situación más favorable a la de hoy. Y es que la sociedad se coordina para satisfacer las necesidades de todos sus habitantes, pero esta coordinación siempre y en todo lugar es espontanea, no forzada. Cuando se presentan intervenciones o coyunturas externas se generan descoordinaciones, cuestión que en Chile estamos viviendo. La llegada masiva de demanda de trabajo ha descoordinado la oferta, y, asimismo, ha abaratado el precio de la mano de obra, y es que si hay más personas dispuestas a trabajar y menos personas ofreciendo trabajo, entonces los primeros reducirán sus pretensiones de renta.


Ante esta situación, en donde nos encontramos con menor oferta de trabajo, lo ideal es estimular el desarrollo y la creación de riqueza, y para ello es esencial otorgar los incentivos necesarios, entre ellos, reducir el impuesto a las empresas. Si las empresas disponen de mayor dinero perfectamente podrán o contratar más personal, elevar los salarios de los mismos o invertir en equipo capital que genere una mayor producción futura. Cualquiera sea su decisión beneficiará a la sociedad. Si elevan el salario, los trabajadores podrán ahorrar más o consumir más, beneficiando a otros sectores. Si las personas, al ver aumentados sus ingresos, se disponen a ahorrar más, los bancos tendrán la posibilidad de captarlos e invertirlos en el mercado financiero para la creación de nuevos proyectos de inversión. Las condiciones en el consumo de la sociedad determinarán si los empresarios aumentan su planta de trabajadores (en caso de mayor consumo) o si invertir en equipo capital (en caso de mayor ahorro); si las condiciones se inclinan a este último, aumentará la inversión, y entonces la sociedad dispondrá en un futuro de mayor cantidad de bienes a un precio más bajo, y entonces la sociedad será más rica. Para que podamos entender esto de manera más sencilla, ¿Por qué el sueldo promedio de un minero en Escondida es considerablemente mayor al de un trabajador común y corriente? Pues el minero ya no extrae el mineral con pala y picota, pues cuenta con equipo capital que ha aumentado su productividad enormemente.


Si el gobierno realmente quiere contribuir a la reactivación económica, reducir los impuestos a la creación de riqueza, es decir, incentivar la producción de bienes y servicios, es la piedra angular del desarrollo de cualquier sociedad. Y en esto debiesen estar de acuerdo todos los sectores políticos. No podemos avanzar como nación castigando la producción de riqueza, pues la misma no se mide en ingresos monetarios, en la cantidad de papel con tinta que tengo en los bolsillos, sino en los bienes de los que dispongo para satisfacer mis necesidades. Si la riqueza se midiera en la cantidad de papel moneda que dispongo, los venezolanos serían los ciudadanos más ricos del mundo. Si existe mayor cantidad de competidores que ofertan un bien, su precio caerá y, por tanto, la gente será mas rica ya que es capaz de comprar más con menos dinero. Es por ello que la libertad en el mercado y la desregulación no beneficia principalmente a las empresas, sino al contrario, les obliga ser eficientes, utilizar los recursos que disponen de la mejor manera posible, ya que cualquier gasto innecesario los vuelve menos competitivos frente a sus pares, puesto que una empresa que posee costos de producción elevados se verá obligada a despedir trabajadores.


La libre competencia beneficia principalmente a los consumidores, son ellos los que dispondrán de mayor oferta, y a través de su asignación en la compra, irán guiando a los empresarios a qué y cómo tienen que producir, y por supuesto, a qué precio.


Por último, no olvidemos una cuestión de la cual poco se habla en nuestro país, y que posiblemente me dedique en otra columna, y es la diferencia entre la presión fiscal y esfuerzo fiscal. Parecen lo mismo, pero no lo son. Nuestro país posee una presión fiscal que entre los países de la OCDE parece más bien moderadamente baja, sin embargo, el esfuerzo en el que incurren sus ciudadanos para con el fisco es mayor. El esfuerzo fiscal para una persona que posee el ingreso mínimo no es el mismo que el de una persona que obtiene ingresos por diez millones de pesos al mes. Si bien este ultimo tributa un mayor porcentaje de dinero al Estado y es quien se ha visto más perjudicado proporcionalmente en términos adquisitivos, ha sido el de ingresos más bajos el que se lleva la peor parte, ya que el costo de vida se le ha elevado a un punto que le es muy difícil de sostener (considerando el costo de vida en Chile); mientras que al otro individuo, aun cuando se le extrajo una cantidad considerable, su bienestar no se ha de ver amenazado. Con todo, de ninguna manera la tributación excesiva posee justificación, tanto para el que posee más como el que menos. El hecho de quitarle al que tiene más impide que este ahorre más e invierta más, es decir, se le impide que distribuya mayor cantidad de sus ingresos en el mercado y la población.


Si el discurso va a ser el de apoyar a los más necesitados, los impuestos precisamente impactan negativamente más a los que tienen menos, ya que se les ha reducido su nivel de consumo, y qué decir de su capacidad para ahorrar. Esto es más pernicioso cuando el impuesto está dirigido a la producción de riqueza, ya que de esta manera aquellos que tienen menos ingresos poseen una menor posibilidad de adquirir bienes y servicios a un menor costo.


Señor presidente, es hora de volver a los fundamentos. Si le interesa reactivar la economía, es mejor que el Estado no haga nada, ni intervenir, ni gastar, ni mucho menos endeudar a la población. Que sean los actores los que se coordinen espontáneamente para resolver aquellos fines que persiguen. Honremos los fundamentos del capitalismo, aquellos que han sacado a millones de seres humanos de la pobreza: el ahorro y la libertad." Santiago, 6 de octubre de 2019


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