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El conflicto chileno es político, no económico

Por Juan Cristóbal Demian


Con estupor las élites políticas, económicas y académicas chilenas han respondido al movimiento insurrecto contra el Estado de Chile en curso desde el pasado 18 de octubre, el cual sigue gestándose con impunidad en complicidad con una buena parte de la población civil, la cual se pliega a "demandas" de diversa y hasta discordante índole, pues las características posmodernas de la revuelta le impiden de raíz poder unificar un petitorio o proyectar líderes revolucionarios concretos que derroquen al gobierno, tal como ha ocurrido otras veces en la historia.


Precisamente, la miopía para analizar el conflicto social chileno en curso solo hará que las élites sistémicas prolonguen su cruda agonía, puesto que son otros elementos los que deben considerarse y no solo el brutal colapso del sistema económico.



Primero que todo, tenemos que tener el valor de reconocer que en Chile lo que ocurre en estos días es un chantaje, casi un secuestro del país a manos de hordas anarquistas y de cuasi-guerrillas urbanas, a cambio de desestabilizar al gobierno sin importar lo que este proponga para cambiarlo. La izquierda política es cómplice de este chantaje y aprovecha de exigir la instauración un régimen a su antojo, pero, a pesar de ello no hay claridad de que eso asegure que cese el extremismo callejero y rural, por lo que mencionaremos más adelante.


Lo más triste de este chantaje es que, si bien la población ya empieza a aburrirse de la ultra violencia anarquista, de todas formas está bastante dispuesta -con la complicidad de la ONU y los medios de comunicación -a obstruir la labor de Carabineros, esto por décadas de adoctrinamiento cultural anti castrense en la población civil.


Ello nos deriva a un segundo punto, más profundo, y ese es que esta revuelta demuestra que el sentir puede ser mucho más fuerte que el razonar, y que los gráficos de macroeconomía que defienden el modelo chileno de desarrollo son completamente ignorados en el debate. Impera en el ambiente un profundo sentimiento anti élite que supera la racionalidad.


Respecto a ello puede esgrimirse como hipótesis que, si bien el sistema es técnicamente perfectible, y que de verdad ha permitido un desarrollo incomparable en toda Latinoamérica, la calidad de vida cotidiana de la gran mayoría de las personas se encuentra con severas insuficiencias que afectan su subjetividad respecto de lo que el sistema económico les brinda, sin embargo, ha sido el planteamiento político del sistema, y no el plantemaiento técnico, el que ha deslegitimado por completo a la política tradicional, lo que lleva a mucha gente a exigir cambios que podríamos considerar "acéfalos", es decir, mejoras en la calidad de vida, pero sin saber ni quien ni como se liderará el proceso, pero ante la descoordinación de la derecha la propuesta socialista radical de la izquierda adquiere un campo de cultivo tremendamente fértil sobre el cual operar.


El problema ha adquirido entonces un matiz que excede lo técnico, un gran espectro de Chile y sus trabajadores se sienten burlados y se constata de forma más abstracta en el análisis un hastío generalizado producto de la pérdida de sentido de la vida, un problema que históricamente ha aquejado a las poblaciones de las grandes urbes desarrolladas del mundo y sobre el cual escribieron muchos pensadores en siglos anteriores, desde Marx a Schopenahuer, pasando por el mismísimo CG Jung, entre muchos más.


El individualismo ha sido frecuentemente culpado de este problema, pues arroja al ser humano solo ante la vida a intentar enriquecerse en medio de una competencia de altísima crueldad. Lo cierto es que, curiosamente, puede notarse un egoísmo exacerbado entre los manifestantes que exigen mejoras en SU vida mientras se incendia el negocio del vecino. Este puede ser indicador psico-ideológico de relevancia para estudiar lo que pasa en Chile, una suerte de egoísmo colectivo que mientras genera riqueza empobrece espiritualmente a las personas, un fenómeno que choca con la idiosincrasia del inconsciente colectivo local generando una fuerte apatía, frustración y resentimiento, no en vano el mismo Axel Kaiser indicó en "La Fatal Ignorancia" (2009): "No hay nada peor para nuestro pueblo que el desamparo".


Pero eso no es todo el problema, aun cuando podamos reorientar políticamente a parte de la población honrada y trabajadora de Chile y reencantarla con un proyecto de desarrollo nacional, la verticalidad de la democracia liberal clásica de la estructura Estado-Nación se encuentra en un colapso histórico que excede nuestras fronteras y que se aleja de lo que podemos abarcar en estas líneas.


Dicho colapso puede notarse más claramente en la manifiesta "guerra generacional" que se está viviendo paralelamente en Chile y que es otro tema que hay que tocar. No solo los estudiantes universitarios, sino los escolares se encuentran en guerra contra el Estado de Chile y los márgenes del sistema político y cultural de todo Occidente. ¿Exagerado? para nada, solo basta estudiar el modelo revolucionario en curso, pero eso es material de un estudio más serio sobre la deconstrucción como vector que recodifica el modus operandi revolucionario.


Lo que sí debe notarse desde ya es la perspectiva anarquista del movimiento insurreccional y que tiene amplia llegada en el segmento escolar. Independiente del factor psicológico que lleva a los jóvenes a ser parte del movimiento anarquista o de otros grupos extremistas lo que los motiva a dar un combate sin tregua a riesgo de perder la vida es un profundo ODIO IDEOLÓGICO que no se arregla con medidas económicas. La entrada de esas ideas al mundo escolar lleva años de impunidad en Chile a vista y paciencia de la derecha que ha sido completamente míope al respecto, al igual que el de la reintroducción de radicalismo de izquierda en poblaciones y campamentos.


Una muestra de que lo que se teje en Chile es el derrocamiento de un completo orden político tal como lo hemos conocido por uno de tendencias de inestabilidad revolucionaria ha sido el "juego" de "si no baila no pasa", llevado a cabo por estudiantes, principalmente anarquistas, para demostrar la impunidad de su poderío callejero, donde ya no impera el Estado de Derecho. Se ha asimilado esta práctica neobarbárica a los juegos de humillación que los nazis practicaban sobre los judíos, sin embargo la forma en la que se presenta este chantaje callejero obedece más a una estrategia neosituacionista, es decir, derivada del anarquismo insurreccional que opera mediante la hibridación categorial del arte y la vida interrumpiendo el flujo del capitalismo e instaurar una forma de disciplinamiento lúdrico en el cual una parte de la masa se muestra con simpatía, pero en los alrededores del auto la otra parte impone la extrema violencia, plasmación neoanarquista del eterno juego de la política de consenso y coerción, por lo que dicho acto debe verse como acción política de la más profunda radicalidad.


En resumen, son desafíos como estos las primeras pruebas de que estamos ante un conflicto político-ideológico que puede traer como desenlace el completo colapso de lo que hemos conocido como orden republicano, y no solo el de nuestro sistema económico, y una nueva y deplorable constitución de índole filochavista solo encubrirá este tipo de problemas mayores que apelan a la raigambre más profunda de nuestra identidad nacional, de nuestro proyecto histórico y nuestra convivencia humana.

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