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Dicotomía política: divide y vencerás (parte 2)

Por Roberto A. Barrera Lobos Para leer la primera parte, click AQUÍ

Estilo Libre.


El ideal de libertad ha sido tan manoseado a lo largo de la historia que ya a estas alturas parece ser parte de la mitología o de un sueño efímero que, por más que nos esforzamos, no podemos recordar completamente a la mañana siguiente.



Pero no debemos engañarnos. A pesar de que el colectivo tiende a elevar el control estatal al estatus de deidad suprema, la libertad es una característica intrínseca del ser humano. Quien se identifique como cristiano podrá apreciar las virtudes del libre albedrío; quien no, al menos coincidirá en que se trata de un valor digno de defender y que merece la pena preservar.


Tampoco se debe confundir la libertad con el libertinaje. Mientras que la libertad es tanto un derecho como un valor —por tanto, implica necesariamente el respeto por el otro, así como la responsabilidad de asumir las consecuencias que conllevan las acciones y palabras—, el libertinaje transgrede esas dos condiciones fundamentales para satisfacer un comportamiento egocéntrico y hedonista.


El liberalismo fue en sus orígenes una doctrina política que defendía la libertad individual, restringiendo la intervención del Estado en el ámbito social, cultural y económico, promoviendo la inversión privada para lograr prosperidad.


Ya sea de forma deliberada o no, existen quienes ven esta corriente como parte de la derecha; otros en cambio, la asocian a la izquierda, probablemente debido a la misma razón por la que hubo que dejar de denominarse liberales:


“Muchos de nosotros nos autodenominamos liberales. Y es cierto que la palabra liberal una vez describió a las personas que respetaban al individuo y temían el uso de la coacción en masa. Pero los izquierdistas ahora han corrompido ese término que una vez se llevaba con orgullo para identificarse a sí mismos y a su programa de mayor propiedad gubernamental y más controles sobre las personas. Como resultado, aquellos de nosotros que creemos en la libertad debemos explicar que cuando nos llamamos liberales, nos referimos a los liberales en el sentido clásico no corrompido. En el mejor de los casos, esto es incómodo y está sujeto a malentendidos. Aquí una sugerencia: que aquellos de nosotros que amamos el libre mercado reservemos para nuestro propio uso la buena y honorable palabra libertario.” (Russell, 1955)[1]


Ser libertario implica confiar en que el libre mercado es un mecanismo lo suficientemente competente como para que cada individuo pueda desarrollarse de manera integral en base a principios generales como la propiedad privada, la especialización, la cooperación y el intercambio voluntario. Dicho sea de paso, el mercado no es un ente ni una abstracción; por el contrario, el mercado está compuesto por cada uno de los individuos que concurren al intercambio de un bien o servicio en particular, es decir, lo que hacemos cada uno de nosotros al comprar en el supermercado, ofrecer un servicio de transporte, proveer servicios médicos en una consulta, comprar una entrada para el cine; acudir a la peluquería, contratar un electricista o comercializar una aplicación desarrollada para teléfonos móviles. Entonces, ¿Es realmente tan descabellado dejar estas decisiones en manos del libre mercado siendo que se trata de nosotros mismos como individuos?


A pesar de que lo libertarios defienden el libre mercado, no se abstraen de la realidad ni de la naturaleza imperfecta de todo aquello que el ser humano es capaz de desarrollar. Un ejemplo bastante cuestionado es la intervención del Estado en materia de regulación a las aplicaciones de transporte como Uber o Cabify, en beneficio de los gremios de taxi colectivos. Si el objetivo es mejorar la libre competencia, ¿No sería más beneficioso para proveedores y consumidores que el Estado se encargara de reducir las exigencias al transporte público tradicional? Después de todo, ¿Cuál es la real diferencia entre una licencia profesional y una regular al momento de —por ejemplo— conducir un vehículo liviano? Sí, el Estado debe limitar su accionar dejando de lado la economía normativa y devolver esa libertad a las personas, sin abandonar su rol como árbitro para garantizar seguridad y justicia.


Pero no todo gira en torno al libre mercado. El libertario siente un profundo respeto por el prójimo y promueve la tolerancia, siempre y cuando no se viole el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad privada.


Por ejemplo, respecto del matrimonio entre individuos del mismo sexo, el libertarismo debiera respetar las decisiones sexuales y afectivas de los individuos adultos, mientras que respecto de la adopción es importante considerar que los niños privados de su medio familiar tienen el derecho a la protección y asistencia del Estado en la forma de, por ejemplo, favorecer y facilitar la adopción, lo que no implica que un matrimonio —independiente de la naturaleza de su relación— tenga el derecho a adoptar.


Sobre los movimientos de las llamadas minorías, —como el feminismo, LGBTQ o el de los pueblos originarios— vale decir que los libertarios conciben al individuo como la minoría más pequeña dentro de la estructura social, por tanto, acciones lobistas para lograr determinados privilegios, cuotas u otros beneficios por parte del Estado a estos colectivos transgrede dicho principio. Con esto sólo se logra crear un ambiente artificial de inclusión, debido a la coerción ejercida por el aparato estatal a nivel cultural, social e incluso económico.


Educación, salud y pensiones son ámbitos de total interés para el libertarismo.


El movimiento estudiantil iniciado en 2006 y cuyo clímax se alcanzó el año 2011, para luego extenderse al 2015 exigía que el gobierno garantizara una educación secundaria/superior gratuita y de calidad. Después de más de 10 años, el sistema educacional sigue adoleciendo profundos problemas en cuanto a calidad se refiere, dejando de lado la demanda de gratuidad ya que cualquier subvención por parte del Estado necesariamente debe financiarse con impuestos, con lo cual el concepto de gratuidad pierde sustento, afectando principalmente a las personas con menores ingresos.


Por otro lado, la calidad puede definirse como “la totalidad de rasgos y características de un producto o servicio que respaldan su habilidad para satisfacer necesidades establecidas o implícitas”[2] las cuales se encuentran supeditadas al juicio subjetivo de cada persona o sector. Luego del movimiento social por la educación nos encontramos que esta no ha mejorado sus estándares de calidad, principalmente debido a que no se ha abordado realmente el problema de fondo: La intervención del Estado en la educación con el argumento de mejorar su calidad, sólo ha contribuido a reducirla, pues la toma de decisiones centralizada respecto de lo que se debe enseñar y lo que no, no persigue la calidad, sino la homogeneidad muchas veces con miras de lograr fines políticos.


Respecto de la gratuidad —o mejor dicho la subvención— de la educación, se continúa por la senda del gasto público desmesurado. Al subvencionar la oferta de los servicios educativos, las instituciones de educación pública no tienen un real incentivo para diferenciarse por calidad, con el agravante de que muchos de los recursos destinados para los estudiantes no llegan a estos y son desviados por los intereses de funcionarios y operadores políticos.


Subvencionar la demanda, es decir, transferir los recursos a las familias limitando su uso para este fin y privatizar las instituciones de educación, sin intervención alguna del Estado, permitirá progresar en cuanto a calidad de la educación e impedirá tanto su deterioro como la infiltración de grupos políticos radicales a los centros educacionales, como lo ocurrido últimamente en el Instituto Nacional; la esfera de lo público es tierra de nadie, a diferencia de la propiedad privada la cual será protegida al verse amenazada o usurpada.


El mismo principio es perfectamente aplicable a la salud. Si en lugar de un servicio sanitario público de baja calidad y uno privado excesivamente caro, —y que probablemente ejerza poder de mercado (Colusión) bajo el amparo del gobierno— existiera el precepto del voucher de salud, la ciudadanía podría optar a servicios médicos de mejor calidad, puesto que la iniciativa privada agotaría los medios para satisfacer a la mayor cantidad de usuarios a un menor precio, elevando su prestigio y participación.


Pero ni el mercantilismo estatal ni la economía social de mercado tienen interés en perder sus privilegios económicos en favor del bienestar de la ciudadanía.


Mucho se ha criticado el sistema de pensiones chileno. Pero a pesar de las falencias que presenta —las cuales son totalmente perfectibles—, el modelo no sólo es el octavo mejor evaluado entre 34 naciones al 2018, superando a países desarrollados como Suiza, Alemania o Estados Unidos[3], sino que su tendencia desde 2009 ha ido al alza en cuanto a desempeño.


La redistribución de la riqueza es también un atentado a la libertad individual en favor —teóricamente— de las personas de menores recursos. Para los libertarios la clave para erradicar la pobreza es incentivar la inversión privada con el propósito de generar más riqueza y que ésta alcance al mayor número de personas por medio de la creación de empleos o por la viabilidad económica de emprender, alejado de los eslóganes populistas que tanto la izquierda como la derecha han difundido pero que con sus acciones sólo han debilitado. La redistribución de la riqueza y la justicia social no son más que excusas para engrosar el aparato estatal.


Suponiendo —en el mejor de los casos—, que tal distribución fuera justa y las riquezas no se perdieran entre los rugosos dedos de políticos burócratas, los gustos y preferencias de las personas son tan variados como distintos, con lo cual la igualdad que se postula no tiene razón de ser; los individuos son, por naturaleza, desiguales.


El papel del Estado es asegurar —no conceder— los derechos naturales de las personas, siendo la libertad individual el valor fundamental sobre el que se basan las relaciones sociales, el sistema político y los intercambios económicos.


“Hay una gran diferencia entre tratar a los hombres con igualdad e intentar hacerlos iguales. Mientras lo primero es la condición de una sociedad libre, lo segundo implica, como lo describió Tocqueville ‘una nueva forma de servidumbre’.” (Friedrich Hayek, 1948)


La letra chica.


El sesgo tiende a nublar nuestra capacidad de pensamiento crítico, al reducir los fenómenos que nos rodean a dos polos opuestos y antagónicos como una forma de facilitar la asimilación de la realidad que tenemos ante nuestros ojos, simplificándola, pero privándonos de la oportunidad de ampliar nuestra percepción, al tiempo que nos divide en función de intereses políticos.


La eterna disputa entre la izquierda y la derecha se encuentra ya tan instalada en el inconsciente colectivo que parece imposible imaginar que exista alguna alternativa en la que pudieran converger lo mejor de ambas propuestas. No obstante, la libertad económica y la libertad personal no son excluyentes entre sí, por el contrario, es imposible alcanzar la primera sin que pueda garantizarse la segunda.


Probablemente tras meditar en los primeros subtítulos de esta columna se sienta tentado de responsabilizar a algunas de las corrientes políticas presentadas de la ausencia o reducción del caudal de libertad que disponemos como sociedad, pero, aunque tienen un grado importante de incidencia al respecto, no son los únicos responsables de tal carencia.


En tal caso, le invitaría a buscar un responsable más próximo por medio de la introspección. La indiferencia, la indecisión, el conformismo; las comodidades de la rutina diaria o el hastío provocado por la mediocridad de la clase política tradicional pudieran ser consideradas excusas válidas para abstraerse de los derechos y deberes cívicos. Es comprensible y casi justificado: Existen muchos problemas que han conspirado para corromper su razón y arrebatarle el sentido común, al punto de que, después de casi 50 años, hay quienes continúan venerando caudillos con pies de barro. Y a pesar de que para algunos es más sencillo recurrir a la censura que al debate, las palabras tienen el poder de dar significado a las cosas que, para quienes prestan atención, anuncian una verdad incómoda. La verdad es que algo anda muy mal en este país a nivel político, social, cultural y económico, por lo que es imperativo recordar que justicia, seguridad y libertad son más que palabras, son perspectivas dignas de alcanzar, que merecen la pena alcanzar.

No se requiere un doctorado para comprender y hacerse parte de los cambios político-sociales que, nos guste o no, terminan afectándonos de una u otra manera. El Gráfico de Nolan, por ejemplo, es un mapa bidimensional que muestra las posiciones de varios sistemas político/económicos en función de dos variables: libertad personal y libertad económica; por medio de una sencilla prueba de veinte preguntas[4] es posible establecer dentro del plano cartesiano la ideología política con la que se es más afín entre izquierda, derecha, centro, totalitaria o libertaria. Sería recomendable, no sólo que cada uno haga el test, sino que poner a prueba las propuestas de la clase política, en la forma en que se conducen más allá de lo que prometen. Un primer paso para abandonar la “zona de confort”, empezar a pensar “fuera de la caja” y hacernos responsables de las decisiones que tomamos o peor aún, que dejamos de tomar.


De las pocas frases emanadas de una mente enfermizamente totalitaria como la de Vladímir Ilich Uliánov que se pueden rescatar, la siguiente aplica a la perfección: “Si no eres parte de la solución, eres parte del problema, ¡Actúa!”


He aquí la letra chica: La responsabilidad individual es el precio a pagar por la libertad, lejos de la “comodidad” de un Estado paternalista. Nuestro deber cívico, ético y patriótico nos obliga a hacernos parte de la solución. Responsabilidad es el nombre del juego.


“La libertad no solo significa que el individuo tiene la oportunidad y el peso de la elección […]. También significa que debe soportar las consecuencias de sus actos. Libertad y responsabilidad son inseparables.” (Friedrich Hayek, 1948)


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NOTAS:


[1] https://fee.org/articles/where-does-the-term-libertarian-come-from-anyway/ [2] https://asq.org/quality-resources/quality-glossary/q

[3] https://australiancentre.com.au/wp-content/uploads/2018/10/MMGPI-Report-2018.pdf [4] Test disponible en http://www.testpolitico.com/

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