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Cuidado con las "terceras vías"

Updated: Nov 20, 2019

Por Michel Monserrat


El actual "estallido social" ha puesto en cuestión nuestro actual sistema económico, “la desigualdad de ingresos y de oportunidades”, “la falta de garantías sociales”, “la falta del rol garante del Estado”, “la concentración de riquezas en la mano de unos pocos”, y un largo etc., han sido los argumentos que “lapidan” el sistema “neoliberal impuesto en Chile a través de las armas”, el cual muchos reclaman que debe ser enterrado. Ahora la pregunta es, si no queremos un sistema de libre mercado para Chile ¿qué sistema entonces debiéramos adoptar?


Aquellos que han seguido las constantes críticas al sistema económico puede dar fe que todos aquellos que reclaman por su cambio no proponen un sistema alternativo con todas sus letras. Más bien, llaman a cambiar la Constitución para convertir al Estado subsidiario en uno interventor, que “redistribuya” la riqueza, “que garantice los derechos de todas las personas”, “que nacionalice los recursos”. En fin, un Estado intervencionista.



En resumidas cuentas, estimado lector, se propone una tercera vía, la cual teóricamente no sería ni libre mercado, ni socialismo, sino una mezcla de ambas en donde la propiedad privada de los medios de producción colabore con los fines del Estado, siendo dirigido y controlado por este. Este tipo de sistema económico fue utilizado por la Alemania nazi, de ahí su denominación “tercera vía”* o "tercera posición", donde se toleraba la propiedad privada, pero con fuerte intervencionismo estatal, a través de cumplimiento de objetivos de producción, control de precios, etc. En este sentido, la propiedad privada viene a ser simplemente nominal, puesto que el poder de decisión y de fijación de precios no le corresponde al mercado ni al capitalista, sino al Estado.


¿Es posible sostener este tipo de sistema en el largo plazo? No, no es posible. Ludwig von Mises, destacado economista del siglo XX, entre sus grandes aportaciones a la ciencia económica, desarrolla el “teorema del conocimiento limitado”, el cual plantea que para que un grupo de políticos sean capaces de coordinar la sociedad, “en sus programas debe tener en cuenta todo lo que puede revestir una cierta importancia para la colectividad. Su juicio tiene que ser infalible; debe ser capaz de valorar con precisión la situación de las regiones más apartadas y de valorar correctamente las necesidades del futuro[1]. Es decir, tienen que ser dioses. Sin duda, los legisladores tendrían que conocer a cabalidad y comprender de la misma manera en la que está depositada en la mente de los actores, la información que le es transmitida desde la sociedad, de cada uno de los individuos, y coordinarlas de tal manera que sus resultados sean los exactamente esperables y compatibles con las esperanzas que depositaron los ciudadanos a los legisladores.


Esto, obviamente, es imposible. Incluso más, aún cuando la información logre recogerla, esta vendrá con retraso y las “soluciones”, que serán tomadas posterior a su recopilación, también llegarán con retraso, pudiendo haber cambiado las condiciones por las cuales la información fue creada. Estamos frente a un dilema de información retardada que impide al aparato público actuar y calcular de manera oportuna. Cabe agregar, además, que dicha información será procesada por personas que la interpretarán bajo valoraciones propiamente subjetivas, apartando asuntos que estos estimen más importantes que otros.


Asimismo, el problema de esta información, argumenta el economista Jesús Huerta de Soto, es que es tácita, práctica y no articulable y, además, se encuentra dispersa en la mente de las personas. Parafraseando en sus ejemplos, es imposible que una persona pueda explicar a través de las leyes físicas y matemáticas cómo es posible que pueda andar en bicicleta, simplemente lo sabe hacer, mas no explicar cómo. Así mismo actúa la función empresarial en el mercado, a través de información transmitida a través del sistema de precios, el uso de la oportunidad, el riesgo, la perspicacia; todas cuestiones que para el Estado son imposibles de poder anticipar y mucho menos coordinar. Asumir este tipo de labor solo pueden ser reclamadas por aquellos arrogantes que consideran, bajo su propia subjetividad, posible determinar qué es lo mejor para su prójimo y porqué.


Esto explica, por tanto, las constantes fallas del Estado, las descoordinaciones en el sistema de precios, en el crecimiento económico, y en la natural redistribución de la riqueza que el mercado lleva a cabo de manera espontánea, cada vez que los seres humanos eligen quien detenta el capital a través de sus preferencias en el mercado. Cuando el Estado interviene tratando de distribuir aquello que el mercado ya distribuyó a través del sistema de precios relativos, entonces los resultados nunca serán satisfactorios.


Ahora bien, adoptar un sistema intervencionista, considerando “el teorema del conocimiento limitado”, supone entonces un fracaso asegurado con facturación futura. Y es que es recurrente encontrarse (y lo vemos hoy) que el origen de los problemas que sacude a Chile es “la codicia de los empresarios”, mientras que los políticos se presentan como una suerte de ejército de Robin Hood que solo les interesa hacer el bien para la totalidad de los ciudadanos, quitándole al que tiene más para darle a los que tienen menos. Incluso cuando sus intenciones fuesen las mejores, sus resultados jamás serán los esperados. Jamás (dilema de información retardada). Entonces, con el fin de justificar su posición de rectores de la sociedad y al culpar al mercado de sus “fallas” es que solicitan una mayor capacidad de intervención. Así, la ciudadanía, que en su mayoría observa la realidad de manera superficial, considera que efectivamente la solución es limitar la capacidad del mercado y aumentar el poder del Estado. Y en el fondo lo que ocurre es que se limita la capacidad del mercado para producir riqueza y aumenta el fracaso del Estado en su “redistribución”.


La sociedad se encontrará en un punto en el cual se verá en la obligación de elegir qué sistema adoptará finalmente: si tomará el libre mercado, con propiedad privada de los medios de producción, sistema de precios y libre competencia, o si decidirá por el sistema de socialización de los medios de producción o también conocido como socialismo, en donde la producción será dirigida por el Estado. El riesgo está, estimado lector, en que ese momento puede llegar cuando el Estado ostente un poder de tal magnitud que inclinarse por la primera opción no tendrá cabida alguna, ya que eso significará limitar al máximo el poder político y su tamaño, descubriéndose un entramado de corrupción sin paragón. Y su salida no podrá ser sin la violencia, ejemplo que vemos en Venezuela.


Un Estado intervencionista es simplemente un proceso de degradación constante de la actividad económica y de libertades individuales, en donde su fallo está absolutamente garantizado y documentado en la Historia; su examen es solo cuestión de tiempo. Para Mises es simplemente una variante más de socialismo.


Es menester, por tanto, ser claros y saber qué sistema vamos adoptar, un sistema estatista a la venezolana con un salario de USD 8.-, o uno de libre mercado con un salario medio de USD 7.200.- y una democracia sólida como en Suiza.

[1] L. von Mises, Socialismo, cit., p. 241 [trad. esp., p. 206]. Notas: * Si bien durante el auge del fascismo en Europa se llamó a su modelo "tercera vía!, esa denominación fue revivida en los años '90s por el neomarxista Anthony Giddens, quien reformuló un modelo socialdemócrata aplicable a aquellos países que implementaron un liberalismo monetarista, tales como Chile y Reino Unido. No en vano el ex Presidente chileno Ricardo Lagos es seguidor de las ideas de Giddens y las implementó en su gobierno (2000-2005).

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