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Cómo NO vencer a una Revolución Molecular Disipada

Por Josefina Tarud


Quienes creemos en la libertad esencial del Ser Humano hoy vivimos bajo una dictadura que es esencialmente distinta a las antiguas y que aún está completamente incomprendida por los sectores políticos chilenos. Este nuevo régimen tomó a muchos de sorpresa porque no conquistó el país a través de la sangrienta toma de un palacio, ni tampoco se rigió por los estándares históricos revolucionarios, siendo su mayor logro haber generado un modelo nuevo, la revolución molecular disipada, ideada por Felix Guattari, Jacques Derrida, Giles Deleuze y varios otros autores posestructuralistas, lamentablemente aun enigmático para muchos. Mientras se hallan en proceso de ascenso, las dictaduras se sostienen en gran parte del hecho de que las masas aún no hayan sido capaces de descifrar sus jeroglíficos. Bajo este nuevo régimen se nos dicta duramente cómo hablar y qué pensar, estamos constantemente siendo abiertamente disciplinados sobre qué palabras debemos usar y cuáles no, encontrándose los más incautos repentinamente frente a fuertes mecanismos de coerción en el caso de desobedecer los nuevos mandatos.


Y es así mismo como nuestra autoridad política, por su falta de lucidez y planificación estratégica, se halló de pronto frente a un enemigo acéfalo disipado, organizado pero flexible, con límites borrosos y que es articulado como una red, la cual es más amplia que cualquier partido político o movimiento social particular, que incluso los permea; amplia red capaz de producir símbolos, crear contenidos, articular distintos actores políticos tanto estatales como civiles, intercambiar recursos y concretar prácticas de participación política y movilización política de masas, bajo objetivos estratégicos y un proyecto en común, que por mucho exceden una nueva Constitución política.


Pero esta nueva fuerza política, pese a hoy ser aplastantemente hegemónica, no contaba con encontrar más oposición que la de las fuerzas de orden público y el aparato gubernamental, las cuales objetivamente no tienen las capacidades para hacerle frente, debido a su falta de planificación y preparación, sumado a la inherente lentitud de las instituciones y sus burocracias, las cuales toman décadas en reconfigurarse frente a nuevos escenarios o asumir nuevos paradigmas. Así, los revolucionarios contaban con aprovechar simbólicamente un amplio movimiento social o popular -el pueblo o ciudadanía- contra el ‘Estado Neoliberal’ y sus ‘dispositivos de represión’. Es por eso que en los meses de octubre y noviembre del 2019 cobró tal virulencia y urgencia para las fuerzas revolucionarias el ataque contradiscursivo contra los segmentos de la sociedad civil que resistieron su actuar y sus disposiciones.


En primer lugar, las fuerzas revolucionarias intentaron descalificar el aflore espontáneo de los ‘chalecos amarillos’ mediante el acoso en las redes sociales (las llamadas ‘funas’) y la presión mediática (reportajes constantes y desfavorables), para luego escalar su respuesta llegando incluso a atacar directamente a las campañas por el ‘rechazo’ a través de grupos de choque anarquistas, mediante tácticas de golpe y repliegue. Pareciera impactante, para muchos, el grado y nivel de coerción aplicado por las fuerzas revolucionarias a sus opositores, debido a la desproporcionalidad del mal causado; esas fuerzas revolucionarias enfrentaron con bombas incendiarias y armas blancas a grupos de ciudadanos espontánea e informalmente organizados para resguardar sus hogares, y a marchas familiares autorizadas de ciudadanos expresando su libertad de asociación y de expresión en las calles. No solo eso, sino que las mantienen bajo constante monitoreo y hostigamiento.


El escenario actual no es el de la década de 1990 de frágiles equilibrios parlamentarios, con multiplicidad de grupos distintos y partidos, sino que entrando a esta década de 2020 en Chile existe un actor principal y hegemónico apostándolo todo por el control total, fuerzas revolucionarias sin necesidad o intención de negociar, imponiendo un régimen de subordinación a la sociedad toda en sus exclusivos términos, sin dar cuartel o voz a sus opositores. Frente a tal magnitud de conflictividad y absoluta impunidad del actuar de las fuerzas revolucionarias, es que cabe sacar en limpio ciertas lecciones de índole práctica, es decir, apuntes para una conducta acertada, para así por fin abandonar el ‘analfabetismo político’, derribar el culto a la espontaneidad y en general desechar toda forma de oposición o resistencia que sea errónea desde el punto de vista estratégico.


En primer lugar, el hombre que se enfrenta al nuevo Leviatán deberá asumir que ha entrado en un grave conflicto con la sociedad, quedándole la opción de tener que apoyarse en sí mismo y vivir de sus propias fuerzas. Por lo tanto, frente a una colectividad agenciada en su contra, no le queda más recurso que saber enfrentar a la soledad y ser su propio pedagogo, su propio juez y curandero. Por lo mismo, él debe cultivar una actitud superior, -metapolítica- una disposición a emprender una larga lucha y soportar amenazas, e incluso el distanciamiento de amistades y parientes de militancia revolucionaria, sin quebrarse o ceder su posición.


En segundo lugar, nuestro hombre debe abandonar las obsoletas nociones de ‘la batalla decisiva’ y el principio infructífero de que ‘la voluntad es superior a la inteligencia’. Esta guerra cultural en la que se encuentra nuestro hombre carece de grandes batallas fácilmente reconocibles, y requiere el cultivo de la inteligencia y una conciencia libre, aplicando el principio politológico de ‘primero entender, luego actuar’ y no ‘actuar sin planificar’.


En tercer lugar, el enemigo no admite neutralidades o terceras posiciones. En efecto, atrás queda la idea de que la votación en el plebiscito vaya acompañada de un sentimiento de seguridad y poder, como correspondería hipotéticamente a un acto libre de la voluntad ejecutado en las elecciones. Quienes piden la opinión de nuestro hombre, hoy arremeten sus preguntas contra él con urgencia e incluso violencia, tomando incluso el callar como una respuesta, lo cual lo pondría en la lista de enemigos por haber callado en tal momento y tal ocasión, disyuntivas a la que nadie escapa. Por ello le compete a nuestro hombre afirmar su rotundo voto de ‘rechazo’ como su decisión libre y soberana, sin titubear al hacerlo. La autoconservación por omisión la ha hecho imposible un adversario político que solo reconoce aliados y enemigos, sin puntos intermedios.


En cuarto y último lugar, es que ese hombre debe vencer su propio miedo. El miedo es la clave para desatar el nudo que le impide tener una resistencia fecunda y potente. Vencido el miedo a tomar una postura propia y asumiendo incluso la posibilidad de por ello ocasionar la ruina propia, el potencial de un solo hombre llega a ser magnífico. En la medida que el hombre se hace garante de sí mismo, deja de depender de sus viejas asociaciones que le daban certeza, y pasa a ser él mismo fuente de su Ser, Bien y Verdad.


En ese sentido, tiene una gran importancia el mero hecho de que incluso entre 100 votos depositados en la urna haya un solo “rechazo” de un hombre inteligente, decidido y sin miedo. Ello porque de quien emitió ese voto se espera que hará sacrificios por defender su opinión y su concepto del derecho y de la libertad. Y es en cuanto a la convicción que radica en ese hombre, donde nace la verdadera amenaza al Leviatán, porque lo que nuestro votante ha hecho al poner su marca en el lugar peligroso es una acción de un hombre valiente, afirmando su propia libertad y confrontando a sus gobernantes. Los confronta porque ese hombre sabe que quienes convocaron el plebiscito lo invitaron a tomar una decisión libre, sabiendo que ellos no piensan atenerse a las reglas del juego, invitándolo a invertir todo su futuro en un banco fraudulento. Es un poder dictatorial que le exige a nuestro hombre un juramento al mismo tiempo que la revolución vive de perjurar.


Por ello, ese voto de rechazo es una manifestación de desprecio a quien tiene el poder, aunque dé legitimidad y curso legal al restante 99%, porque el hombre que afirma su postura sabe que tomar esa acción incluso podría acarrear su propia ruina. Ya la existencia esa persona singular y determinada en su oposición al gran proceso es una grieta en el emergente sistema de dominio revolucionario, porque es preciso nunca olvidar que esa persona singular casi siempre está rodeada de otras personas que le son próximas, personas en las cuales influye y que comparten su suerte. La mera potencialidad de esto representa un poder enorme, un potencial de derribar incluso a tiranos muy poderosos, porque para la dictadura no existe en absoluto la seguridad de que se mantenga la adhesión de las otras 99 personas si ese hombre único y resuelto provoca que las cosas comiencen a tambalearse.


Para los tiranos, ese hombre singular que apoya el rechazo y se opone al gran proceso, se asemeja a un virus, imposible de calcular y que puede impregnar la totalidad del proceso. Es por ello que hoy nos enfrentamos al incremento gigantesco de los comisarios; el Leviatán los requiere para averiguar donde se hallan los puntos en que ataca ese virus, para aplastar esa minoría disidente que se le opone. Pero tanto más subsisten esas minorías enemigas a la tiranía, más crece el número de sospechosos al régimen, con lo que cada día se le va a haciendo necesario vigilar y coaccionar más a todos, así incrementando la masa de la cual esta minoría disidente puede reclutar combatientes.


Es espectacular lo susceptible que puede ser una dictadura que posee todos los medios de prensa, la cultura, las mayorías y todos los medios del poder, frente a una minoría disidente y decidida. Es por ello que a esos hombres que deciden afirmar su libertad propia y resistir a la situación de coacción en que se encuentran, les cabe una mayor responsabilidad frente a la historia de su país, tener el cuidado de no entregarse con facilidad, de no visibilizarse en redes sociales, ser sutil y no morir en una ‘gran batalla’, sino a ofrecerle al tirano una resistencia constante a lo largo de su propia vida, convertirse en un permanente foco de oposición, más que desaparecer en un dramático desenlace como Sebastián Izquierdo u otros que emprenden luchas frontales contra un enemigo hegemónico creyendo que la voluntad es más fuerte que la inteligencia, actuando con imprudencia y cayendo más pronto que tarde, dejando el camino libre a la tiranía por haber sido eliminado como opositor rápidamente del combate.


Nuestro enemigo apuesta por el control total y por eso nunca debemos olvidar que siempre nos observa, esperando el minuto que cometamos un desliz y le dejemos abierta la avenida para arruinarnos, y al caer nosotros, derrumbar nuestros principios. No nos entreguemos en bandeja, luchemos responsablemente.

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