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Análisis politológico de "Sumisión" de Michel Houellebecq

Updated: Mar 27

Por Juan Cristóbal Demian



Michel Houellebecq es de esos escritores que cruzan las fronteras de su país y de su nicho literario en vida por estar subsumidos en alguna forma de polémica, y lo cierto es que su libro “Sumisión” (2015)[1] lo puso en la palestra del debate por su presunto contenido islamófobo y los supuestos bríos que su pluma daba al siempre lento, pero siempre presente, oscuro mundillo intelectual de lo que la prensa llama “ultraderecha”.


Más allá de la superficial polémica, Houellebecq está en verdad bastante lejos de caer en lo que a los ojos mundanos pudiera ser siquiera un “descrédito”, y es que él mismo está circunscrito, sin necesariamente quererlo, en una variopinta deriva decadentista que caracteriza a la mítica escena literaria francesa, caracterizada por violentos ancestros tan anti-humanos (más que meramente anti-humanistas) como Arthur Rimbaud, Isidore Ducasse, Georges Bataille o Emil Cioran, los que concluyen en la célebre y determinante filosofía neoizquierdista y deconstruccionista (no en vano llamada a veces “french theory”) de Michel Foucault, Jacques Derrida y Gilles Deleuze, entre otros.


Lo que muchas veces se omite, es que a pesar de la fuerte carga revolucionaria y pesimista de los autores mencionados –los que, entre otras cosas han contribuido a esa lectura desgarrada, propiamente francesa, de lo urbano, lo sexual y lo grotesco-, también han existido, tal como el mismísimo Houellebecq, una gran cantidad de autores y filósofos que en suelo francés cuestionaron duramente la impronta nihilista del decadentismo y, más aún, su vulgarización para lecturas neomarxistas; en el mismo libro “Sumisión” se referencia a autores franceses católicos o tradicionalistas bastante lejanos a la poesía maldita y al eurocomunismo, tales como Joris-Karl Huysmans, Charles Péguy o René Guénon, lo que nos da una primera señal de una convivencia de visiones y tradiciones de tal magnitud en la intelectualidad francesa, que podríamos llamarla una micro-cosmópolis, y tal como ocurrió con la deriva del cosmopolitismo helenista-romano, este aislamiento ante la inmensidad dio origen a un tácito individualismo de la indiferencia, del cual el personaje central de “Sumisión” hará gala en varias oportunidades.


Visto así, las capas de polémica que cubrieron este libro, especialmente al salir de Francia, no fueron más que muestra de un fenómeno no necesariamente francés, sino de índole planetaria, la concreta dictadura de la corrección política progresista, fundamentada, algo irónicamente, en la “french theory” ya mencionada.


Entraremos entonces a reseñar este libro para extraer de él también luces de correspondencia con el proceso insurreccional chileno, notando en ello destacables similitudes por cuanto implica una demolición político-cultural y la eventual instauración de un régimen de dominación diferente. Téngase en consideración que esta reseña está escrita por un cientista político con fines de un aprendizaje en dicha área, y no por un experto en artes literarias, puesto que todo libro (y todo arte) ofrece una lectura que es también política.


Básicamente, “Sumisión” se ambienta en el año 2022, y a través de la narración de un profesor de literatura llamado François, experto en el escritor decimonónico Joris-Karl Huysmans (simbólicamente relevante), relata el proceso político por el cual un candidato musulmán gana las elecciones presidenciales de Francia, lo cual va de suyo acompañado por una evidente, sutil y a la vez vertiginosa islamización de Francia en general, un proceso que, enmarcado en la actitud apática y decadente del protagonista, lo lleva a declarar, respecto del profundo cambio de su mundo anterior por otro nuevo, que “no extrañaría nada” (p. 281).


Son varios los elementos literarios exquisitos que destila la escritura de Houellebecq en cuanto a metatextualidad, por ejemplo, una evidente representación del colapso de la vitalidad de Occidente es marcada por el hecho de que en la primera parte del libro hay varias referencias a la inminencia de una guerra civil y a una tensión política gravísima y mayúscula, la cual desaparece en la medida que avanza la lectura, demostrando tanto una conversión pactada y pacífica hacia un nuevo orden, la falta absoluta de resistencia orgánica al proceso y una radical vuelta del meollo del libro a la resolución interna (también inconclusa) de los dilemas existenciales del protagonista.


Ahondemos un poco en este aspecto de conflicto sin culminación, una representación microscópica de tal se da cuando François tiene un extraño incidente con dos jóvenes árabes y un negro que le impedían sin explicación la entrada al aula donde debía dictar su clase, con la excusa de hacer compañía a dos muchachas que esperaban dentro del salón cubiertas con burka. Al exigir el paso, los jóvenes le sonríen y se alejan con un dejo de provocación mientras le dicen: “La paz sea con usted, señor” (p. 31).


En un nivel macro, la irritabilidad social se da en el marco del colapso de los partidos de centroizquierda y centroderecha, dejando como rivales al partido de la Hermandad Musulmana, que rompe de alguna forma el espectro político clásico, y al Frente Nacional, de ideología nacionalista y compuesto por una militancia identitaria cada vez más radicalizada.


Un momento paradójico y clave para entender lo que los situacionistas llamaron “sociedad del espectáculo” se da cuando la candidata nacionalista y el candidato musulmán sostienen un debate por televisión: “Los dos candidatos a la magistratura suprema multiplicaron los gestos de deferencia mutuos, expresaron por turnos un inmenso amor por Francia y dieron la impresión de estar de acuerdo en casi todo. Sin embargo, al mismo tiempo, estallaron enfrentamientos […] entre militantes de extrema derecha y un grupo de jóvenes africanos sin una filiación política declarada” (p. 51). Los enfrentamientos y tiroteos entre los identitarios radicalizados y grupos de inmigrantes y pro-yihadistas serán frecuentes, hasta el punto de desatar esporádicos momentos de caos en los más variados puntos del país, al más puro estilo de una insurrección molecular.


La tensión es de tal magnitud entre una fuerza política que revalida el status occidental y tradicional de Francia y uno que lo llevará a una deriva civilizacional históricamente opuesta, que la élite socialdemócrata de izquierdas y derechas inclinarán la balanza a favor del Islam cuando la candidata nacionalista cierra su discurso citando la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano: “Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es, para el pueblo y para cada porción del pueblo, el derecho más sagrado y el deber más indispensable” (p. 111).


Sin embargo, una vez ganando la opción islámica (presentada por cierto como moderada y anti-yihadista), la hostilidad queda en completo segundo plano, al menos hasta lo que narra el libro, dejando el gusto de una absoluta imposibilidad de insurrección a favor de la “occidentalidad” dado el estado catatónico a nivel cultural del hombre europeo, y esa es la lección de fondo del libro.


Conviene entonces analizar el paupérrimo estado espiritual tanto individual del protagonista como colectivo de los europeos descrito con maestría por Houellebecq, un estado que podríamos llamar de nihilismo funcional, una desesperanza, tedio y falta de sentido tan absolutos que ni siquiera hay un impulso por revertir situación alguna, mucho menos por tomar cualquier forma de iniciativa.


François como académico es reputado por sus artículos académicos y su tesis sobre su autor basal, Huysmans, sin embargo su actividad intelectual tampoco es de las más prolíficas, teniendo para sí mismo una condena sutil y patente de mediocridad intelectual, la cual tampoco hace nada por revertir, siendo su pasatiempo tener aventuras sexuales con sus alumnas universitarias, teniendo más afecto por algunas que por otras, pero lejos de entregarse a sentimientos como el amor o al goce libertino del placer sexual, al personaje se lo ve insatisfecho y poco convencido en ambas materias. En su afición a la pornografía y a las prostitutas Houellebecq refleja para este tipo de hombre occidental el detalle extra que expresa una pérdida de sentido del sí mismo, y en el hecho de que las prostitutas sean árabes y las alumnas de dicha etnia empiezan a ser más frecuentes, despertando su apetito sexual, se infiltra en este vector lúbrico un claro mensaje de hegemonía cultural.


François es un nihilista funcional pues no es un desadaptado, vive su día a día, y en su indiferencia radical (que incluso se manifiesta en que no va a votar en el proceso eleccionario) no se vislumbra tampoco una crítica al “ser básico”, puesto que es una persona lo suficientemente culta y de gran inteligencia, la cual flota sobre sí mismo sin propósito.


Para François la vida es “sin alegría pero no por ello vacía, [sino] poblada al contrario de leves agresiones” (p. 163). Reflexiona duramente: “Me estaba aproximando al suicidio, sin sentir desesperación ni siquiera una tristeza particular, simplemente por una lenta degradación de la “suma total de las funciones que resisten a la muerte” […]. Manifiestamente, la mera voluntad de vivir ya no me bastaba para resistir la suma de dolores y quebraderos de cabeza que jalonan la vida de un occidental medio, era incapaz de vivir por mí mismo” (p. 196). “Me sentía dispuesto a perderme en general” (p. 158). Además añade: “La humanidad no me interesaba, hasta me asqueaba, no consideraba ni remotamente a los humanos mis hermanos” (p. 196).


Como si fuera poco, François es capaz de acciones carentes de todo sentido de misericordia, como por ejemplo pasar indiferentemente por encima del cadáver de una víctima de las revueltas sin siquiera tener la más mínima congoja o recibir con indiferencia absoluta la noticia de la muerte de sus padres, con quienes queda claro que no tenía buena relación. En el caso de su madre el patetismo es más descarado, puesto que deja que sus restos vayan a una fosa común tras descartar hacerse cargo del cuerpo. No puede dejarse de notar en esta actitud del protagonista un guiño de Houellebecq al existencialista Albert Camus, cuyo personaje protagonista de su obra “El Extranjero” indica: “Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: “falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias”. Pero no quiere decir nada. Quizás haya sido ayer”[2].


Si en referencia a la muerte de todo sentir republicano o patriótico europeo se consigna respecto al status quo de la elite centroderechista e izquierdista que “[aquellos] partidos, por su lado, han apostado por la disolución de Francia en Europa” (p. 150), François vive de forma más intensa los fundamentos del gran quiebre civilizacional, y no es menor que su autor de referencia Huysmans haya atravesado el convulso siglo XIX francés para convertirse al catolicismo y devolverle el sentido a su obra y vida desde esa trinchera, puesto que François, intentando ver si puede emular dicho trayecto espiritual de su mentor literario, fracasa estrepitosamente y vive en carne propia una radical descristianización.


Realizando viajes por monasterios y pueblos del interior de Francia, François busca una conexión con algo, quizás la divinidad cristiana que redimió a Huysmans; en dicho periplo, destaca la visita que realiza a la capilla de Notre-Dame de Rocamadour, donde se halla una Vírgen Negra que “desde hacía mil años había inspirado tantas peregrinaciones, ante la que se habían arrodillado tantos santos y reyes” (p. 155). Calificando a la figura como “testimonio de un universo enteramente desaparecido” (p. 156), François termina fracasando en conectar con las fuerzas espirituales que irradiaron el espíritu de la mítica Francia medieval, relata notablemente: “La virgen aguardaba en la oscuridad, tranquila e inmarcesible. Poseía la grandeza, poseía la fuerza, pero poco a poco sentí que perdía el contacto con ella, que se alejaba en el espacio y los siglos mientras yo me hundía en el banco, encogido, limitado. Al cabo de media hora, me levanté, definitivamente abandonado por el Espíritu, reducido a mi cuerpo deteriorado, perecedero, y descendí tristemente los peldaños en dirección al aparcamiento” (p. 159).


Es aquí que entra con relevante importancia el personaje de Robert Rediger, un belga converso al Islam que es el principal proselitista de la conversión de nativos europeos a dicha religión, especialmente académicos, lo que le vale ser nombrado rector de la Universidad de la Sorbona, la misma donde hace clases François, un puesto que le vale reconocimiento académico y político.


Uno de los elementos más destacables de este personaje es que se trata de un ex simpatizante del identitarismo europeo, el cual encontró su camino supuestamente en las respuestas teológicas del Islam. Rediger confiesa: “¿Podía revivir la cristiandad? Lo creí, lo creí unos años” (p. 240) y concluye: “Esa Europa que era la cumbre de la civilización humana se ha suicidado” (p. 242).


Rediger es un profundo nietzscheano, su decantación por el Islam puede resumirse en lo que parece ser un diagnóstico del mismo Houellebecq, sencillamente la fe musulmana irrumpe en Occidente con mucha más vitalidad que la que le queda a la civilización cristiana, diagnóstico que tiene sobre sí las duras apreciaciones sobre Nietzsche al respecto, tal como comenta François al decepcionarse de su retiro en el mismo monasterio donde Huysmans abrazó la fe católica: “Nietzsche dio en el clavo, con su olfato de viejo cabrón: el cristianismo era en el fondo una religión femenina” (p. 207). Cabe aquí preguntarse qué tan podrida se encuentra la corrección política como para acusar a este libro de “islamófobo”.


Rediger se basa entonces en la vitalidad y la restitución de la acción viril como pilares de la civilización islámica que hacen genuinamente buena y positiva la conversión de Europa al Islam: “El Islam acepta al mundo, y lo acepta en su integralidad, acepta al mundo tal cual, para hablar como Nietzsche” (p. 245) le explica Rediger a François, e incluso su discurso lleva a puntos de encuentro con los cristianos para que la conversión sea más sencilla y de buen grado: “Cuando hablo de Dios a la gente, suelo comenzar con un libro de astronomía” (p. 237).


Sin embargo, lo determinante en esta transformación civilizacional es el trabajo de penetración cultural largo, consciente y sostenido que los árabes han sostenido sobre Europa para llegar a ese punto, desde restaurantes con su gastronomía frecuentados por europeos hasta una estrategia política compleja con fines de realinear a la sociedad bajo su canon y doctrina y permitir la transferencia de poder que conlleva el cambio de las creencias sociales.


Si Houellebecq destaca la frase del Ayatolá Jomeini: “Si el Islam no es político, no es nada” (p. 211), su personaje Rediger da un paso más allá al declarar: “Trotski había tenido razón frente a Stalin: el comunismo solo podría triunfar a condición de ser mundial. La misma regla […] valía para el Islam” (p. 257).


Sin más, si se consigna un “retorno a la religioso” como una “tendencia profunda” (p. 104), con verdad se indica que “las [parejas] que mantienen los valores patriarcales, tienen más hijos que las parejas ateas o agnósticas. […] El porcentaje de la población monoteísta está destinado a aumentar rápidamente y tal es el caso de la población musulmana” (p. 66).


En dicho contexto el candidato musulmán Mohammed Ben Abbes presenta tanto una ética fundamentada: “Presentar al Islam como la forma perfeccionada de un nuevo humanismo, reunificador, y que además es absolutamente sincero cuando proclama su respeto por las tres religiones del Libro” (p. 143), como un proyecto histórico asociado: “La verdadera ambición de Ben Abbes […] es convertirse en su momento en el primer presidente electo de Europa, de una Europa ampliada, incluyendo los países del perímetro mediterráneo” (p. 148).


Para ello es fundamental un proceso estratégico, y si bien recordemos que es un texto ficticio, es de tal lucidez lo escrito por Houellebecq que es de suma importancia transcribir este pasaje en su integridad como pedagogía política:


“Ben Abbes siempre había evitado comprometerse con la izquierda anticapitalista; había comprendido perfectamente que la derecha liberal había ganado la “batalla de las ideas”, los jóvenes se habían vuelto emprendedores y el carácter insoslayable de la economía de mercado estaba ya unánimemente aceptado. Pero, sobre todo, el verdadero golpe genial del líder musulmán había sido comprender que las elecciones no se jugarían en el terreno de la economía sino en el de los valores. […] En lo concerniente a la restauración de la familia, de la moral tradicional e implícitamente del patriarcado, se abría ante él un amplio camino que la derecha no podía tomar, y tampoco el Frente Nacional, sin ser tildados de reaccionarios o de fascistas” (p. 144). En este sentido se concluye estratégicamente: “Para ellos lo esencial es la demografía y la educación” (p. 78).


Más aún, el Islam se muestra en teoría capaz de resolver la decadencia lúbrica del Occidente posmoderno; el mismo François al leer un manual escrito por Rediger para facilitar la conversión al Islam, declara: “Como sin duda la mayoría de los hombres, me salté los capítulos consagrados a los deberes religiosos, a los pilares del islam y al ayuno, para ir directamente al capítulo VII: “¿Por qué la poligamia?”” (p. 252), consideremos que el mismo personaje Rediger había recientemente contraído nupcias con una niña de 15 años al momento de su encuentro con François.


Rediger sentencia también la palabra que da título al libro y que expone una de las cuestiones metafísicas más hondas del proceso en curso: “Es la sumisión. […] La idea asombrosa y simple, jamás expresada hasta entonces con esa fuerza, de que la cumbre de la felicidad humana reside en la sumisión más absoluta” (p. 245).


Hasta aquí las pistas notables de lo que implica un proceso de ruptura y desalineamiento de todo un fundamento civilizacional para dar paso a otro; para Houellebecq, autor que enfrenta en su tiempo (el actual) la aguda islamización de Europa, uno de los puntos más difíciles de resolver es el de la vitalidad ofrecida por el nuevo canon que es el que busca el realineamiento de la sociedad para los fines de la realización de su proyecto histórico.


¿Hay similitudes y lecciones para el caso chileno, inmerso en una revuelta anarco comunista radical y un proceso de deconstrucción social y política de calibre histórico? Veamos.


Tanto Francia como Chile, circunscritos a Occidente, y siendo reflejos sociales concretos de una crisis gravísima por la caída de sus fundamentos como civilización, enfrentan un proceso en el que se cierne la amenaza de un nuevo orden político profundamente diferente y divergente, en ambos casos mediado por la desintegración molecular del Estado y la sociedad.


Dicha desintegración molecular es parte de la herencia filosófica de la llamada “french theory” que mencionamos al comienzo de este artículo: los autores franceses que fijaron el canon de la deconstrucción como nuevo marco de la revolución comunista. En ambos lados del Atlántico se registra la misma desintegración sociopolítica y el desacato rabioso y generalizado no solo al statu quo, sino a su fundamento cristiano-occidental devenido capitalista y liberal-demócrata. Este ímpetu autodestructivo se interrelaciona en Europa con una proximidad geográfica con el mundo islámico, el cual puede evidentemente cosechar los frutos de la debacle cultural europea; en el caso de Chile, la revolución molecular sigue su curso sobre sí misma, siendo funcionales a ello la impronta cultural indigenista interna y la de China en el Asia Pacífico.


Si en “Sumisión”, a nivel de superficie, se considera (de forma muy equiparable para Chile) que “se observaba un fenómeno de alternancia democrática […]. Curiosamente, los países occidentales estaban extremadamente orgullosos de ese sistema electoral que, sin embargo, no era mucho más que el reparto de poder entre dos bandas rivales, y llegaban incluso a declarar guerras para imponerlo a países que no compartían su entusiasmo” (p. 48), se entra de lleno a una visión más profunda en la que se explica: “Todo el debate intelectual del siglo XX se resumió en la oposición entre el comunismo (digamos, la variante ‘hard’ del humanismo) y la democracia liberal, su variante blanda” (p. 239), un análisis en el que si bien hay una crítica honda al modernismo, no deja de notarse la desaparición y rendición de la derecha (llámese centroderecha), la cual, teniendo naturaleza utilitarista y tecnárquica, se rinde en un pacto perpetuo con los socialdemócratas que subvirtieron el liberalismo clásico para aproximarse al comunismo de forma gradual.


Si se constata que la centroderecha francesa se pliega a los dictámenes progresistas de la institucionalidad europea, la derecha es mostrada como incapaz de unirse o dar respuesta efectiva en el presente a un proceso abismal de aniquilación de todo lo occidental. Así, también se consigna que la implosión del sistema binario de partidos, leído en la deconstrucción como un binario más por abolir, como el de hombre-mujer, blanco-de color, inmigrante-emigrante, etc., entonces se pasa a una fase de desconcierto y, en virtud de la falta de reacción social, un dejarse llevar por la deriva de las fuerzas revolucionarias. En boca del personaje François: “Ocurriría “lo que tenga que ocurrir”, así podía resumirse el sentimiento general” (p. 53).


La desintegración vía deconstrucción y guerra molecular de la sociedad chilena ofrece un panorama fatídico para las fuerzas sistemáticas y, peor aún que en el caso ficticio de “Sumisión”, la vitalidad ofrecida para las acciones de guerrilla urbana a lo largo de Chile de la mano de movimientos anarquistas y marxistas de índole popular revolucionaria parece condenado a la indeterminación en sí misma, un caos perpetuo al cual el marxismo clásico solo puede ofrecer la fórmula fracasada de siempre, mientras que el neoanarquismo está negado a ofrecer más proyecto histórico que la incertidumbre por sí misma. Esa es la gran diferencia entre el neocomunismo que exige una desintegración perpetua y el Islam que aún es una cosmovisión basada en la metafísica, en la cual hay desde un libro sagrado hasta eventualmente un programa. El neocomunismo que se cierne sobre Chile declara con verdad: “Esto no es un programa”.


Ahora bien, ambas formas de nuevo régimen tienen algo en común bastante claro, un elemento vital que toda cosmovisión con miras a proyecto histórico considera con la mayor de las seriedades. Retomemos desde “Sumisión”: “[Quien] logra transmitir sus valores triunfa, […] la economía o incluso la geopolítica no son más que cortinas de humo: quien controla a los niños controla el futuro, punto final” (pp. 78-79).


Así, “Sumisión”, tal como suele ser generalmente la obra de Houellebecq, es una joya de pedagogía politológica, un gran e involuntario manual que describe la transformación social con miras a la transferencia de poder político, una lección valiosísima en tiempos en los que colapsa el Estado-nación republicano y las nuevas derechas requieren estar a la altura de la tarea. Esto implica cambiar creencias, trazar estrategias y fundamentar un proyecto político consistente que pueda sostener los valores metafísicos de la libertad y la dignidad humana que han dado a Occidente sus mejores días.


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[1] Se empleó para esta reseña la edición en español de la Editorial Anagrama, Barcelona. Traducción por Joan Riambau. [2] Citado en Heinecke, Luis. Método de Intelección Estratégica. Inie Editores, Santiago, 2012. p. 409

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